Las vacaciones de Franco

Javi Álvarez
Madrid, 9 de septiembre de 2007

Anoche falleció mi abuela Rosa. Llevaba muchos años enferma, con padecimientos de todos los órganos internos y alguno más que aún no se ha descubierto. Sin embargo, y a pesar de todo ese cúmulo de enfermedades murió de una manera sosegada mientras dormía en su propia cama. La última historia que me contó fue la de mi abuelo Juan, aquella que yo tantas veces había exigido sin éxito alguno. Desde mi adolescencia comprendí que escondíamos un secreto del pasado cada vez que «los mayores» bajaban el tono y cambiaban de conversación cuando yo traspasaba una puerta y me hacía presente. Por puros retazos interpreté que debía tratarse de mi abuelo: cuando preguntaba por él, en la familia unos se negaban con obstinación y otros, simplemente, enmudecían. Entre estos últimos destacaba mi tío Roberto por su mutismo absoluto que remarcaba deslizando sus gafas hacia abajo usando el dedo índice para mirarme con crudeza a los ojos, esperando luego unos segundos interminables con la mirada clavada, como llamándome estúpido, para volver a deslizar sus gafas, este vez hacia arriba y con el dedo corazón, y así continuar la lectura del periódico, sin dejar resbalar una palabra.

Mi abuela calló siempre, no cedió a ninguno de mis chantajes emocionales de nieto consentido. Con fuerza, si yo le sacaba el tema, apretaba la empuñadura de su bastón, se levantaba, me miraba con dureza y decía «nos vamos, que se ha levantado una brisa muy molesta». Me tendía la mano después para que yo le sirviese de apoyo y cuando le ofrecía mi brazo, entonces ella me clavaba las uñas un par de segundos. Era un dolor punzante que duraba el tiempo preciso para que no quisiera seguir por ese camino.

Ahora sé que, aunque callaba, agradecía mi inquietud, mi necesidad de saber, pues ayer su terquedad cedió. Me llamó a media mañana diciéndome que si no tenía nada que hacer a ella le apetecía comer en casa con su nieto. No me imaginé el motivo de la cita, no solía ser habitual en ella llamarme, siempre había ocurrido al revés. Supongo que esta novedad funcionó como detonante para que tomara con rapidez la decisión de aparcar los escasos planes preestablecidos para el resto del día; dejé a un lado el artículo que estaba escribiendo, llamé a mi hermana para decirle que se buscase otro acompañante para ir al cine y tomé la botella más cara de mi botellero para que no me recriminase que siempre aparecía con un vino de supermercado comprado en el último minuto.

Me recibió con la frialdad de siempre y la charla se movió entre las vaguedades cotidianas. Sin embargo, tras los postres, la primera vez que miré el reloj todo cambió:

- ¿Tienes prisa por marcharte?

- No, abuela, no es eso.

- Ya, es sólo que te aburro –traté de negarlo, pero ella continuó-. No me repliques, que te conozco muy bien. Otro gallo cantaría si te hablara del pasado, del cuarenta y tres por ejemplo, cuando tu abuelo y yo vivíamos aún en el pueblo. ¿Me equivoco?

- No abuela, no te equivocas, otro gallo cantaría… -repliqué escéptico y con cierta sorna-.

Fue en aquel momento que empezó a contarme la historia ocultada por todos. Lo hizo como quien rescata una joya escondida durante muchos años en un baúl: una vez entre sus manos sopla sobre el joyero para levantar el polvo acumulado que asciende y se hace visible filtrado por un rayo de luz que cruza el salón en diagonal, después lo abre despacio para extraer el envoltorio de terciopelo rojo que lo resguarda, entonces lo desenvuelve con mimo y parsimonia para que surja el primer destello del brillante que va a impregnar de luz un pasado trágico que a ella le había oprimido durante sesenta y cinco años, causándole mayor dolor que ninguna de sus enfermedades. Sin embargo, su voz sonó tan decidida como siempre para decirme:

- Al terminar la guerra, tu abuelo me pidió que dejáramos España. Su vida corría peligro si nos quedábamos pues se había significado demasiado con los comunistas, así que no puse reparos. ¡Qué otra cosa podía hacer con lo joven que éramos y lo mucho que nos queríamos! Me falto tiempo para abandonarlo todo con tal de irnos juntos, al punto que esa misma noche nos fuimos caminando por la carretera hasta Bermeo, cargando con una maleta cada uno. Desde allí un humilde barco pesquero nos llevó a Francia; viajamos en las bodegas, escondidos tras unas sucias redes verduscas que despedían el olor más nauseabundo que yo recuerde. Desembarcamos en Anglet donde permaneceríamos todo un año. Aprendimos francés y trabajamos en lo que nos iba saliendo, pequeños oficios casi siempre hasta que a los tres meses Juan se colocó en una fábrica de pintura. No nos resultó sencilla aquella época, pero poco a poco íbamos saliendo hacia delante sin necesidad de ayudas. Yo no supe más del partido aunque sospechaba que tu abuelo seguía en contacto y participando activamente cada vez que le resultaba posible. A veces desaparecía una semana y me contaba al volver que se había tratado de un viaje de trabajo para ver a alguno de los proveedores. Siempre me hice la crédula con facilidad, en total estamos hablando de una media docena de visitas. A nuestra casa, sin embargo, nunca vino nadie, hasta que, a finales del cuarenta, apareció un hombre del que recuerdo su corta estatura y el abrigo de paño con el que vestía por lo lujoso que me pareció. Llegó pasada la media noche, con precaución de no ser visto nos dijo. Me puse a prepararle una tortilla para dejar solos a los hombres y que pudiesen conversar con tranquilidad. Desde la cocina apenas entendí un par de palabras, aunque me sirvieron para comprender que hablaban del retorno. Cuando volví al salón con la cena, el pequeñito no dijo una sola palabra más, se limitó a comer con avaricia y en algún gesto que otro indicar su agradecimiento. No se quedaría más de media hora en total. Al marcharse el hombre, Juan me enseñó dos pasaportes españoles con nuestras fotografías pero con otros nombres, diferentes a los nuestros, impresos en ellos. El partido nos facilitaba una nueva identidad que nos permitía regresar a España. Una semana después tornamos con las mismas cuatro cosas que nos llevamos, pero con una mayor incertidumbre rondándonos porque seguían siendo malos tiempos para vivir a este lado de la «muga» y más sospechando desde unos días antes que me encontraba embarazada de tu tía Celia.

»Zumaia se convirtió en el final del camino. El partido se encargó de todos los asuntos de intendencia, así que al llegar disponíamos de una pequeña casa cercana al ayuntamiento y de un trabajo para Juan como pintor de brocha gorda. La vida nos cambió de la noche a la mañana porque la verdad es que nadie regala nada. Al contrario que en Francia, nuestra casa se convirtió en refugio de los que pasaban de un lado al otro de la frontera y el compromiso político de Juan creció con cada invitado que acogimos. Nació Celia, después al año y medio tu padre. El tiempo fue pasando. Seis meses cumplía tu padre cuando el sargento de la guardia civil vino a casa a decirnos que Franco había elegido pasar el mes de agosto en nuestro pueblo para llenarnos de orgullo y honor. Pensaba alojarse en uno de los caseríos próximos a la playa de Itzurun, de tal forma que le permitiera compaginar las mañanas de misa en la parroquia de San Pedro con las tardes en el mar. Nos contó que despacharía en el ayuntamiento, por lo que se hacía preciso engalanar aquellas balconadas que daban a la plaza con banderas nacionales y pancartas de adhesión al régimen. No te vayas a pensar que él hombre dijo adhesión, el sargento era una persona inculta, sin ningún estudio, cuya única virtud había sido estar al servicio de los que mandaban en todo momento sin hacer preguntas. Juan se exaltó, dijo que en su casa ordenaba él y que Franco y toda su simbología se podían quedar a la puerta aguardando. El sargento nos entregó una bandera, una pancarta con el lema “Arriba España” y le presentó a tu abuelo un documento, con timbres y sellos oficiales, que le pidió firmar. “Yo ya te avisado, y aquí se queda tu firma reconociéndolo. No te hagas mala sangre, pon la bandera, que nada te cuesta”. Sabíamos que no colocarla significaría pasar por el calabozo y recibir una paliza en el mejor de los casos. Si pensábamos en el peor de todos podíamos pensar en un juicio militar por desobediencia con una condena de varios años de cárcel. Convencí a tu abuelo con buenas palabras, le insistí en que no podía permitirse el lujo de ir a prisión y dejarme sola en aquel pueblo con dos críos, de cerrar la casa y con ella el tránsito de otros militantes, de no continuar insuflando ánimos revolucionarios en los mítines clandestinos que pronunciaba en otras provincias… No sé cuánto le insistí hasta que colgamos la bandera en el centro de nuestro balcón.

»Me cansa mucho contar todo esto. Tal vez es mejor que leas tú mismo cómo sigue la historia, ya que aún conservo los diarios de Juan. Te dejaré solamente el último tomo, que empieza unos días antes de la visita del sargento. Del resto olvídate y no se te ocurra pedírmelos nunca, la mayoría de las veces resulta demasiado comprometido ver desnudos a nuestros antecesores».

Me entregó el libro y con buenas palabras me echó de la casa. Tomé un taxi en la misma puerta que me llevó de regreso al apartamento y en sus asientos tapizados de un desapropiado verde fosforito comencé a leer con deseo. Todo lo que me había contado mi abuela estaba descrito en las primeras páginas, las que pude devorar durante el trayecto. Ya sobre mi sofá, continué leyendo el resto de la historia. Con un lenguaje sencillo mi abuelo reflexionaba sobre las buenas palabras con las que Rosa le había convencido para atar la pancarta a los barrotes, le decía que al fin y al cabo España era de todos, de los rebeldes y también de los que como él perdieron la guerra. Con lo de la bandera no tragó, en realidad ella era de la misma opinión por lo que no se preocupó de convencerle.

En la siguiente entrada del diario, una semana después, contaba una conversación que se cuela por la ventana abierta de la cocina. En ella un teniente llegado de Madrid insulta al sargento mientras le pregunta si le parece suficiente esa triste decoración para recibir al ilustre caudillo. «Franco es sobrio, pero no así deben mostrarse sus súbditos ante su presencia, súbditos que tienen el deber de manifestar en todo momento su alegría de la manera más ferviente, ensalzando su nombre que representa el destino glorioso de nuestra España, una España que progresa y avanza como estandarte intachable de la moral cristina de todas las personas de bien». El pobre sargento no entendió demasiado de toda aquella palabrería hueca de realidad, pero se consideraba con un grado de inteligencia suficiente como para deducir que se hacía necesario arreglar el aspecto del pueblo algo más antes de la inminente llegada del generalísimo. Debió pensar en repartir alguna bandera falangista que seguro guardaba en el cuartelillo y buscar quien se encargase de llenar de pintadas las paredes de la zona. Se cuadró marcial ante el teniente con un golpe de tacón y cruzó los pocos metros que le separaba de la casa de mis abuelos.

«Llamó el sargento con dos sonoros golpes de aldaba que me hubieran despertado aunque estuviese durmiendo en Donosti. Bajé a abrir sabiendo de antemano lo que me iba a pedir. Me miró a los ojos para decirme que pintase una docena de mensajes políticos –progubernamentales me indicó, “qué te conozco”- en los muros de la plaza y alrededores. Respondí que no sin levantar la voz. El sargento, encolerizado por mi contestación y suponiendo la mirada del teniente sobre su tricornio, sacó la pistola de la funda y me apunto a la cabeza. Aproximó tanto el arma que sentí el frío de su cañón sobre mi sien. La determinación de aquel hombre resultaba absoluta, pude percibirlo, pero cuando su dedo se tensó para iniciar el movimiento de apretar el gatillo se oyó la voz de Félix desde el centro de la plaza que gritó: “No se preocupe, mi sargento, no se preocupe, que ya me ocupo yo, que ya me ocupo yo. A mí no me cuesta ningún trabajo, ningún trabajo, vamos, que ya me ocupo yo, vamos”. Pensé que no podía dejar sólo a un amigo en aquel momento y cedí: “Esta bien Félix, yo te ayudo”». Así está escrito.

De Félix me había hablado otras veces mi abuela. Decía que nunca había hecho mal a nadie, más bien todo lo contrario. Nadie sabía de dónde venía, pero lo cierto es que un día apareció en la taberna y pidió una copa de orujo. El bodeguero, no sé si al ver su retraso o al escuchar su acento gallego, se burló de él sirviéndole agua del botijo. No le importó: «¿De dónde traes este orujo que me sabe mejor que el que hacen en mi tierra?». Los clientes rieron la gracia y él la repitió hasta el infinito, pues lo que quería es que todo el mundo se riese. Pronto se acercó a mi abuelo, al principio se sentaba en el suelo mirando como trabajaba, sin hablar. Un día mi abuelo le ofreció un pitillo que rechazó diciendo que él no tenía vicios, ni buenos ni malos. Enternecido empezó a ayudarle desde aquel momento, dándole algo de trabajo de vez en cuando, convidándole a comer en casa cuando notaba su falta de alimento… Decía también mi abuela que Félix siempre le pareció la persona más feliz del mundo, que no se le quebraba el ánimo ni cuando los señoritos se reunían a la puerta del casino y le llamaban para vejarle o darle una paliza si se terciaba. «El saco al que iban a parar todas las penas» recuerdo ahora oírselo decir a mi abuela de él.

El diario sigue contando cómo el sargento les indica la primera pared. Luego se queda vigilando mientras la brocha va dibujando en blanco «una España grande y libre». Seis paredes después el sargento les deja solos para acercase a la taberna, no sin antes advertirles sin palabras que la pistola sigue al alcance de su mano. Sin la sombra del militar los dos hombres charlan mientras continúan trabajando. Primero de tonterías. Después de los botones que le ha cosido Rosa esa mañana y de los puños y cuellos a los que ella le ha dado la vuelta para que parezcan nuevos. Así sigue la conversación hasta que Félix habla de antes, de cuando el sargento apuntaba a mi abuelo. Dice que sintió temor viéndole y es entonces que no puede contener las lágrimas que se va limpiando con la manga de forma torpe. Mi abuelo le abraza. Cuando el sargento regresa se queja de que siempre escriben lo mismo. Los hombres le piden que les diga otra consigna que ellos pueden escribir con buena letra cualquier frase, pero las ocurrencias del guardia no van más allá de «Viva Franco».

«Dos paredes después se me encendió una luz y sin mirarle solté “Sargento, qué le parece si en la siguiente ponemos ‘Aborrecemos el régimen’. ¿No cree que es una bonita frase para indicar lo contentos que estamos aquí con el caudillo? ¿Qué más positivo podemos decir de su gobierno si no es que lo aborrecemos?”. Por el rabillo del ojo percibí en su rostro el instante de duda, así que lancé una nueva andanada aprovechándome de que sabía lo mucho que le avergonzaba su incultura, aunque no tanto como poner en duda su capacidad de mando: “No es una frase muy habitual por lo que tal vez sea mejor que primero vaya a buscar la aprobación del teniente”. Se llevó de nuevo la mano a la funda de la pistola y dijo “No hace falta, me parece bien” y regresó a la taberna. Félix me miró y me pidió que nos diéramos prisa que estaba empezando a anochecer. Al llegar a casa no le conté nada de esto a Rosa, ¿para qué preocuparla? Apenas le di un beso ligero subí al dormitorio a escribir estas líneas». De esta forma termina el diario.

Dejé el libro sobre la mesa y respiré con angustia. Lo siguiente fue descolgar el teléfono.

Al otro lado mi abuela respondió:

- No esperaba tu llamada tan pronto. Yo apenas leo cuatro líneas ya se me nubla la vista.

- ¿Qué pasó después? – dije con voz entrecortada.

- Ya veo que tienes prisa y que te sobran los preámbulos. ¡Menuda pregunta! ¡Qué va a pasar! ¿No te basta con dejar la historia en ese punto?

- No abuela, no es suficiente. Tengo que conocer el final.

- Pues que el teniente no era tan tonto como el sargento. Así que una hora después al hacer la ronda y leer la pintada mandó avisar al sargento para que buscase y trajera a los responsables de aquel insulto tan grave. Se llevaron a tu abuelo sin hacer preguntas ni dar explicaciones. Lo sacaron de casa a golpe de culata de fusil y patadas. Después se fueron a por Félix, no les resultó preciso caminar demasiado, pues dormitaba a doscientos metros de nuestra puerta. Con los dos maniatados, los fueron empujando a trompicones hasta el cuartelillo. No sé que ocurrió dentro pues no me dejaron pasar, pero al salir tu abuelo llevaba el rostro desfigurado y sangraba abundantemente por una ceja que le habían reventado. Corrí a abrazarle, pero un golpe seco en la espalda me tiró al suelo. Desde abajo pude ver que él se revolvía para defenderme y cómo le daban una nueva paliza. Cada puñetazo sonaba como campanada seca tocando a muerto. Cuando perdió la consciencia le arrojaron un cubo de agua para despabilarlo. Félix gritaba y el sargento le apuntaba amenazante con su dedo para que se callase. Dos guardias levantaron a Juan que apenas podía mantenerse ya en pie. Félix seguía gritando hasta que un fusil le desencajó la mandíbula. Calló de repente y sus ojos miraban sin comprender nada. Condujeron a los detenidos ante la pintada y les obligaron a borrarla con nuevos golpes cada vez que detenían su labor. Yo les miraba escondida desde detrás del roble de la plaza, aterrada. Al terminar, el teniente ordenó que les subieran al coche y se quedó a solas con el sargento. Le indicó que no se podían permitir el menor problema durante la visita, que lo mejor era llevárselos al cementerio y, contra la tapia, les pegase dos tiros a cada uno.

Oigo las lágrimas de mi abuela antes de que continúe.

- Grité con toda mi fuerza, pero nadie se asomó, las luces permanecieron apagadas, escondiendo a todos aquellos cobardes que no tuvieron coraje para detener la injusticia. Sin aliento me volví a casa a tiempo para cruzarme con el coche del generalísimo que aparcaba frente al ayuntamiento. Le miré con desprecio mientras descendía solemne del vehículo y eché a correr escaleras arriba. Sobre la mesa del comedor seguía la bandera nacional, allí se había quedado doblada a la espera de una oportunidad en la que poder devolvérsela al sargento. La tomé entre las manos con furia e intenté desgarrarla. No me resultó posible. Mientras me acercaba a la cocina a por unas tijeras con las que convertirla en jirones pensaba en mi marido llegando al cementerio. Veía el coche deteniéndose, a los guardias encargándose de que los apresados se bajasen. Primero Juan, después Félix, cuya complexión física más robusta complicaba la labor. El sargento muestra su pistola, la levanta con lentitud sopesándola y se la acera a Félix que la mira asustado. Suena un disparo. El sargento gira el brazo y apunta a Juan. Suena un segundo disparo. Cae al suelo desplomado mientras el sargento se da la vuelta y camina alejándose del pueblo. Cuando se siente lejos del alcance de las miradas de sus hombres arrea un puntapié a un pequeño montículo de arena que se desbarata. Se detiene un instante antes de regresar al coche, el tiempo suficiente para que en su rostro vuelva a aparecer el ademán hierático de siempre, para seguir siendo la escoba que barre lo que los otros le indican que está sucio sin lamentos. Hice tres cortes en la bandera que me permitieron ya sin esfuerzo destrozarla. Unos pedazos se cayeron al suelo, el resto los sostuve arrugados dentro de mi puño izquierdo mientras me llevé la mano derecha al vientre y acaricié al que ocho meses más tarde sería mi hijo Roberto. «No olvides, no perdones, no te dejes vencer nunca» le dije en un susurro. Ya ves, él no me escuchó.

Después colgó el teléfono y por mucho que insistí no volvió a descolgarlo. Cuenta mi tía Celia, que cuando la encontró muerta por la mañana sus labios dibujaban una sonrisa que bien podía reflejar el final del camino con todos los deberes cumplidos. Sobre la mesita de noche había una carta para mí con una simple frase: «Te toca a ti, ¿a ver de qué paño estás hecho?».