(Utopía o ilusión del triste y trágico final de)

Renë Hussard

Javi Álvarez
León, 16 de enero de 1984

Esta es la historia de un tipo absurdo perseguido por la mala suerte y su trágico destino. He dicho que Renë Hussard es un tipo absurdo, pero no he explicado el razonamiento que me induce a tan nítida afirmación. Renë Hussard se llama Luis Maestro Pérez y nació en Alcázar de San Juan, provincia de Ciudad Real. A los dos años se planchó un brazo y a los seis se rompió el mismo brazo al intentar saltar un río. La segunda parte de la anterior oración copulativa es falsa, la realidad siempre supera a la ficción; a la edad de seis años, quien posteriormente se autobautizará como Renë Hussard, y a eso de las siete treinta de la tarde, allá por el mes de Agosto, no pudo tener otra ocurrencia que decirle a Manolo López que aquello no había sido gol. Tal afirmación hería la hombría de Manolo, sobre todo porque su envergadura doblaba la de nuestro antihéroe; así que Manolo se vio obligado -supongo que no le agradaba ese carácter violento, nacido del papel asignado por la vida- a darle un leve empujón cuya consecuencia lógica en Renë, tras las radiografías impertinentes del doctor Sánchez, fue la rotura. A los trece, robando manzanas en la finca de Raimundo Pintado, le descubrió el citado Raimundo y dos días después le molieron a palos a las afueras de la pequeña ciudad. A los dieciséis escapó en uno de los múltiples trenes que enlazan con Madrid. Esta fue su mayor desgracia -y el último retazo que voy a contar de su vida hasta la aciaga fecha de su muerte- pues tuvo que correr para no perder el tren, en su carrera atropelló a una pobre mujer, en la caída, la mujer, se golpeó contra unas piedras que le desfiguraron la cara; todo ello a dos días para su boda con Ramón Sordera. Dicha desfiguración fue la causa esgrimida por Sordera para romper con Juana Montes, así se llamaba la mujer, un día antes de su boda y que la señorita Montes le echase mal de ojo a Renë, por aquellos días aún Luisito.

Lo prometido es deuda, nuestro antihéroe ha sido trazado, y nos podemos trasladar al 13 de Febrero del 95:

Renë Hussard, creedme es un tipo absurdo, viste un traje de color gris marengo con una mancha de tomate americano para hamburguesas en la parte frontal próxima a su axila derecha. Sobre el traje, una gabardina azul raída y deslustrada. Sobre sus labios el principio de un bigote, tal vez su última decisión que tampoco llegaría a cumplirse. Llovía cuando salió de la oficina; torció por la calle de Narváez y se encaminó a tomar una cerveza en Casa Aparicio. Allí estaba Fernandito Solana con Laura Vélez y Margarita González:

- Renë, acércate a tomarte una copita -le invitó Fernandito mientras les guiñaba un ojo a las chicas. Así que Renë se acercó-. Verás, estábamos discutiendo sobre pintura; ¿impresionismo o surrealismo?, ¿tú que opinas, Renë? Carlos, ponle un vermut a Renë.

- Impresionismo, yo creo.

- Pues ahora se lleva más el surrealismo, ¿no te parece?, sobre todo Dalí.

- Surrealismo entonces, ya sabes que yo confundo las palabras.

- Es probable que tengas razón; resulta más IN nadar contracorriente. Impresionismo pues, no hay duda. Bueno, nosotros tenemos que irnos; por cierto me he dejado la cartera en el coche, ¿te importaría pagar a ti esto? Adiós y cuídate te veo muy desmejorado.

- Sí, tengo un poco de pri...

No acabó la frase. Fernandito y compañía ya habían abandonado el bar. Se terminó la consumición y se marchó caminando hasta el metro de Ibiza. Sobre un banco del bulevar, el mismo mendigo de los últimos meses le miró directamente y alargó el brazo para recibir otro billete de mil. Tomó el metro, pero volvió a equivocarse y dos estaciones después se dio cuenta de que iba en el sentido contrario. Fue a la tercera cuando por fin se bajó, en el andén dos jovencitas vomitaban en una papelera, dos jovencitos quemaban un libro no se qué estupideces en contra de un partido, una anciana hablaba sola y un hombre -sentado en un banco- se tomaba un tetrabrik -no voy a decir la marca- de vino. Ya en las escaleras mecánicas se le acercó una persona que le presionó el costado izquierdo con una navaja; sin intercambiar palabras la cartera de Renë se deslizó hasta el desconocido que extrajo el dinero y se la devolvió. Tres metros más allá, al final de la escalera, un guardia de seguridad desalojaba a un músico. De nuevo en el vagón y hastiado, Renë comenzó a tararear un bolero, pero pronto sus compañeros de vagón le pidieron «cierra el pico, Carusso» y siguieron insultándole, así que decidió bajarse en la siguiente estación. Lo cierto es que los lunes son malditos: de nuevo el mendigo de los últimos meses quien tras terminar su jornada de pordiosero regresaba a casa, y de nuevo alargó el brazo.

- Lo siento, acaban de robarme.

- No importa, me puedes dar el reloj.

Como estáis observando me he convertido en un narrador objetivo incapaz de implicarme en la narración, obviando mis opiniones que supongo echaréis de menos. Volvamos a la historia, habíamos dejado a Renë sin reloj; omitamos ahora el resto del trayecto.

A la salida del metro comienza a caminar despacio, intentando reflexionar sobre su estado anímico tras los acontecimientos del día anterior; tal vez no sienta deseos de volver a casa, su ansia se había cansado sin esperanzas de salvar la ropa en este nuevo naufragio. Vagando entre estos pensamientos un estruendo enorme le despertó a la realidad: un automóvil había estallado, es seguro que había sido un coche bomba. Una décima de segundo después, y antes de que se extinguiese el ruido, sintió un ligero dolor en su brazo, a la altura del hombro, un poco de metralla le impactó en su brazo de la suerte, no podía ser de otro de forma. Ante tal emergencia decidió acercarse al hospital que habían abierto pasando el semáforo a la derecha, como otros múltiples heridos. Esta escena me recuerda una procesión de mi Jaén natal, pero no he venido a contar mi vida.

Lo cierto es que en el hospital le atendieron con desgana y le arrinconaron en una esquina. Renë silbaba canciones de María Dolores Pradera mientras esperaba. Los enfermos, tumbados sobre camillas iban pasando ante él como pequeñas fotos de un telediario. A uno de estos enfermos le aparcaron a dos pasos escasos de él; el motivo era que el camillero quería fumarse un pitillo harto de ver tanta miseria. El camillero se iba desinflando en cada expulsión de humo y de pronto se acordó de algo; antes de irse, mirando a Renë, le pidió que le cuidase al enfermo que por cierto tenía SIDA en fase terminal; tres días como mucho, fue el cálculo del camillero, lo que le quedaba. Han ido pasando las horas y nadie le había atendido todavía, ciertamente la herida no era nada grave y Renë comenzó a pensar en irse de tan desacogedor lugar. Antes de llevar a cabo -de convertir en decisión- tal hipótesis dirigió una última mirada hacia el enfermo y fácilmente percibió que había muerto. No es extraño que Renë palideciera. Se marchó en silencio.

Caminando regresó a casa, cuarenta y siete pasos le conté. Nuestro antihéroe llegó a la altura de su portal, levantó la vista y no podía ser de otra manera, allí, delante de la puerta e impidiendo el paso estaba Rosa -la hija de la vecina del segundo- y su novio -o lo que fuese- en actitudes poco prosaicas. Renë carraspeó, pero de nada sirvió, así que abandonó la idea de subir a casa y se acercó hasta el parque con un cierto sonrojo. Un yonqui limpiaba su jeringuilla en la fuente mientras silbaba una canción de Serrat. No había duda, era Manuel. Al terminar con el ritual le gritó:

- ¡Hombre, Renë, tu por aquí! ¿Ya está otra vez la Rosi con el Sebas?, es que no paran, ¡vaya dos!

Manuel se acercó y se sentó con Renë.

- Te veo muy mal, Renë.

- Sí, ayer se marchó Aurora.

- ¡No jodas!

- Sí, después de tres años juntos.

- Así es mejor, déjala que se vaya. Ella no te quería, lo sabes muy bien; llevaba cuatro meses liada con el don Paco ese y ante estuvo con el Lupas. Si hasta yo me la he tirado un par de veces. ¡Menudo putón estaba hecha la Aurora!. Es mejor así, no lo dudes tío.

- Coge la maleta el domingo y se marcha, sin cruzar una palabra.

- Me ha quedado un poco de jaco. Toma, llévatelo.

- No gracias, Manuel. Tengo que irme ya.

- Adiós, Renë, y hazme caso, estás mejor sin ella.

Renë se levantó con dificultad y tres pasos más allá se cruzó con un africano que vendía relojes. Renë no pudo dejar de observar que el africano temblaba, así que se detuvo y le miró con angustia. Dos o tres ideas le cruzaron el cerebro, para al final decidirse por invitarle a tomar un café caliente.

Matías y Luis Felipe, los dueños del Bar Hermanos Tristoncho, son amigos suyos, pero aún así le pusieron mala cara cuando llegó la hora de pagar y Renë reconoció no llevar dinero:

- Pero Luis Felipe, si ahora subo a casa y te bajo el dinero, son diez minutos y mira lo mal que está este hombre.

- Bueno, vale.

Salieron los dos hombres, que no habían cruzado ni una sola palabra coherente, juntos. Se dieron una palmadita en el hombro, un ligero golpecito, y se miraron; ha sido suficiente.

Esta vez delante del portal no había nadie, así que entró y esperó el ascensor. Un joven con cara simpática -sobre todo muy ovalada y con amplia sonrisa- había entrado también. Se intercambiaron el número del piso, siendo Renë el que pulsó su número. Al volver la vista pudo ver como el joven sacó una navaja y le pidió que se bajera los pantalones gris marengo y se colocara de espaldas a la puerta y apoyándose contra el espejo. Mientras, el joven detuvo el ascensor, se desabrochó y le violó, en este mismo orden. Tal vez sea una lágrima eso que veo resbalar por la cara de Renë.

Las nueve de la tarde cuando el antihéroe cruzó bajo el umbral de su puerta. Lanzó las llaves sobre el sofá y se quitó primero la gabardina, después la americana. Al pasar frente al teléfono observó que el contestador había almacenado un mensaje. Pulsó al botón y escuchó:

«Luis, soy Matilde, la vecina de tus padres en Alcázar, sabes quien, ¿no? Pues eso, que te llamo porque anoche se murió tu hermano Pedro. Ya sabes, el cáncer ese le estaba comiendo por dentro. Pues eso, que el entierro es mañana a las cinco. Por si puedes venir y eso, que tus padres están muy tristes. Pues nada, ya no te molesto más. ¡Ah!, mi más sentido pésame, que se me olvidaba».

Hacía meses ya que se lo venía barruntando, pero a pesar de la previsión, sentía el corazón dolido. No quedaba otra opción que mirar por la ventana, así es como pudo ver a un grupo de cabezas rapadas apuñalar a un muchacho de dieciséis o diecisiete años. Al volver la vista hacia la esquina descubrió que el vecino del tercero tan sólo es un exhibicionista -nada de un pintor de la vanguardia por la tarde y conserje de un museo municipal por la mañana-; mostrando sus atributos ante las risas de unas infantiles colegialas que de pronto, como por sorpresa, echaron a correr calle arriba.

Este es el mundo que nos rodea. No es extraño que con el paso de los días me haga más escéptico y huraño, con el único arma, tal vez, del cinismo y un arcaico sentimiento de rabia en los puños cerrados contra el viento.

Mientras yo hago esta reflexión tan personal, sonó el timbre. Era un hombre vestido con una especie de uniforme que le entregó una citación de los juzgados; un asunto viejo, cuando ayudó a aquella mujer que se había roto un tacón. El iba en un taxi y ella -que llevaba una bolsa- le hizo señas. El mandó detener el taxi y tras intercambiar un par de frases ella subió. Renë fue muy amable y la acompañó hasta el hotel Princesa. Lo cierto es que la mujer no era tal mujer sino un travestí que acababa de matar por celos a su novio, llevándose en una bolsa su cabeza. El juez le citaba para el viernes a las doce de la mañana, así que tendría que pedir un día en la oficina.

Empieza a ser sofocante seguir hablando de Renë, por lo que voy a contaros algo sobre mis margaritas: están muy felices en su nuevo macetero. Apenas hace unos minutos, mientras les daba de beber me lo agradecían con su dulce voz. Luego miro de nuevo a Renë, en su angosta cocina mientras se fríe unos huevos con un poco de beicon; con ira le miro. Ahora siento su impotencia y presiento con odio que se ha acostumbrado al fracaso, que se ha convertido en una costra más de su piel; que su vapor lo respira con prisa y ahínco por las narices. Es así como le dejo bajar la basura sin decirle nada, sin el menor aviso. Ha cerrado la puerta y comienza el descenso, esta vez por la escalera, muy despacio. Congelo la imagen en el segundo peldaño para así poder explicar lo que está pasando en la calle: dos hombres han intentado atracar una joyería y ha llegado la policía, en estos momentos están unos frente a otros parapetados tras sendos coches, dándose voces, consignas, peticiones, amenazas,... Descongelo la imagen y le dejo acercarse al cubo. Levanta la tapa. Es el momento final, en la última línea, una bala perdida disparada por un policía impacta en la cabeza de Renë que cae dentro del cubo. No tengo nada más que decir.