Sangre en las manos

Javi Álvarez
Madrid, 13 noviembre de 2003

El francés me había vuelto a liar. Me contó que el atraco era coser y cantar, un juego de niños.

- Mira Roque, desde finales de mayo a mediados de octubre en aquella sucursal entra la recaudación del viaje del Transcantábrico los lunes. Me he estado informando y lo conozco todo como la palma de mi mano. Está en León, al final de la ruta, en la Avenida Padre Isla, la misma de la estación, apenas a cien metros. Es una sucursal pequeña, en una ciudad confiada, así que apenas si tienen seguridad. Nos sacamos un millón de euros cada uno en diez minutos. Hazme caso.

Le dije que sí y él se encargó de todo; yo simplemente cerré los ojos. Esperé a que me llamase. Así ocurrió, un viernes a última hora sonó el teléfono y me citó para contarme todos los planes. Me entregó una escopeta de cañones recortados y hablamos, hablamos mucho. Al francés le había conocido en la cárcel seis años atrás, cuando entró allí por varios atracos de poca monta en bancos. Era buen chico, pero se creía más listo que nadie; ¡así le había ido!. Pronto se fijó en mí, mis casi dos metros de alto y mi complexión de armario eran una garantía de protección. El problema es que mis servicios eran demasiado caros para él. Se las ingenió para correr la voz que yo cuidaba de él, y la gente le creyó. A mí me hizo gracia su coraje; no tenía nada que perder, mi reputación de asesino despiadado era suficiente aval, así que le seguí el juego.

- Me debes una -le dije el día que él salía en libertad condicionada-.

- No te preocupes Roque.

Desde aquel día, no me faltó un paquete de comida, ropa, dinero o tabaco todas las semanas. Aquel año que me quedaba de condena se me hizo largo, me dio tiempo a pensar en aquellos encargos y todo lo que la prensa escribió. No fueron justos, uno de los asesinatos lo magnificaron y el otro tan sólo se quedó en una triste perdida: «Don Anselmo Romerales, natural de A Coruña, muere de un disparo de la cabeza a sangre fría. Don Anselmo, que había cumplido 90 años el pasado lunes, había ejercido como juez en la Audiencia Nacional, promoviendo distintas condenas a conocidos narcotraficantes de Villagarcía de Arosa. Don Manuel Fraga, amigo personal de don Anselmo, ha emitido una nota de prensa condenando tan triste perdida». En el otro maté a un niño de seis años, de un disparo en la cabeza también, con la misma sangre fría. Quisieron lincharme cuando me detuvieron. No entendieron que simplemente cumplí un encargo. Cobré lo mismo por matar a cada uno de ellos y ambos cumplieron fines similares: Don Anselmo fue una aviso al resto de jueces, les contó que no eran inmunes a las balas; Nando, el niño, les dijo al resto de jueces que sus familias tampoco eran inmunes, que no podían proteger lo que más querían si seguían condenando a quienes tenían la capacidad de pagar asesinos a sueldo. En ambos casos, quien me contrató salió limpio de la cárcel. Los jueces si entendieron el mensaje, la opinión pública se perdió con tanto sufrimiento y drama.

Dice El francés que no todos los muertos valen lo mismo, que cualquier vida segada no produce el mismo dolor. No da lo mismo la edad, ni el color, ni la posición social, ni la familia que dejen,... Pero son teorías de quien no ha apretado un gatillo para mancharse las manos de sangre.

Ahora, en el presente, el atraco se complica; uno de los guardias de seguridad debe estar pensando que el dinero le pertenece y hace de este atraco una cuestión personal. Yo también hago de mi trabajo una cuestión personal, pero juego con ventaja en este duelo, si es a vida o muerte no necesito pensar para matarle, no tengo ninguna conciencia ni escrúpulo que me lo impida, mis manos siempre han estado manchadas de sangre. Disparo y el guardia de seguridad cae al suelo con la cabeza destrozada. No hay esperanza para él, calculo que tendrá unos treinta años.