Sin saber respirar

(Cuento de una mujer que no sabía respirar)

Javi Álvarez
León, 23 de septiembre de 1997

Lo cierto es que me enamoré de una mujer que ni siquiera sabía respirar. Para que mentirnos, a mí me hubiese gustado que ella supiera respirar, pero, en el fondo, esto nos servía de conversación:

- Oye, Laura, esto de que no sepas respirar, es de nacimiento, o...

- Perdona, Jacinto, pero ya te he contado muchas veces que no lo recuerdo. Creo que es desde siempre, pero lo que se dice segura, no lo estoy.

- ¡Ya!

Sé que otras parejas ni siquiera tienen un tema de conversación. Nosotros, el tema, sí lo teníamos, pero he de confesar que yo hubiera preferido haberme enamorado de una mujer como todas. Los hombres tendemos a esas generalidades: quiero que mi mujer sea como todas, bueno, quizá, un poco más bonita. Ya se sabe, de algo hay que presumir.

Mi historia con Laura, creo que no había dicho que ella se llamaba Laura, arranca un 23 de abril, cuando se empieza a sentir la plenitud de la primavera. Yo, no lo he dicho, soy cantante de zarzuela, uno de esos del montón que no hace nunca papeles de protagonista. Lo de ser cantante de zarzuela lo veía como un motivo por el que se viaja muchísimo. Así que aquel 23 de abril estaba sentado frente al mar en una ciudad de paso, viendo morir las horas, soñando que el mar me tragaba y descubría una ciudad misteriosa en el fondo marino. Había llegado allí por motivos profesionales, la compañía estaba de gira, y teníamos que hacer noche para representar al día siguiente. Llevábamos Doña Francisquita, de eso sí me acuerdo.

Me estoy perdiendo, vamos a centrarnos: Eran las once y cuarto de una noche de abril y yo miraba el mar. Lo hacía con tranquilidad, sin el peso de una memoria marina y sin el ansia del qué voy a hacer mañana. Lo sabía de sobra: cantar. Mi vida estaba centrada en el trabajo, y no sentía necesidades extrañas. Mi cabeza no divergía, para decirlo con una rotunda frase. Así que miraba al mar, despacio.

Del mar veía escapar burbujas hacia la noche. La noche estaba allí arriba, el aire sonreía y los árboles detrás, a mis espaldas, tocaban música. No es, pues, difícil de creer que comenzase a cantar un fragmento del Barbero de Sevilla. Allí sentado, frente al mar, cantando, la vi salir del agua. Ella desnuda y yo cantando, bonita escena. Yo, con estos ojos inocentes que se quedaron pasmados, le miraba aquellas gotas de agua que le bajaban rodeando los senos. Ella, sorprendida, me sonreía, como el aire.

Lo que pasó aquella noche poco importa. No viene al cuento, pues en realidad no llegamos a cruzar una palabra. Cada uno siguió su camino, después de este encuentro casual. Desde aquella noche, comprendí que jamás volvería a cantar el Barbero de Sevilla sin llorar pensando en aquella visión. Me olvidé de las ciudades que existen bajo el mar, de la luna que nos cuida,...

Pensaréis, que si aquella noche no llegué a conocer a Laura, qué demonios ocurrió luego para volver a cruzarnos. Cómo, y qué cartas, jugó el destino para acercarnos. Pasaron tres meses, tres meses de insomnio, ladrando a la luna, cerrando los ojos en los parques, imaginando el tiempo, el mar...

Vuelvo a perderme; no logro centrarme, ni siquiera, en mi propia historia. Creo que no he resaltado suficientemente el hecho de que Laura no sabía respirar. Sé que es una frase difícil de entender, una metáfora, ya que es evidente que respirar respiraba. Los únicos que no respiran son los que ya no están vivos. Respirar es una palabra que se suele utilizar en el lugar de vivir; pero respirar no es la parte importante de la frase, como tampoco lo es de vivir. Es necesario respirar, pero no es importante. Lo vital es saber. Laura no sabía respirar.

Seguramente vosotros también conocéis mujeres que no saben respirar. Aunque no lo sabéis, claro está. Yo, como soy cantante, me fijo en esas cosas. Los pescadores, sin embargo, se fijan en la fuerza de las manos de las mujeres. Los estudiantes en cómo se les dibujan a las mujeres las líneas de las bragas bajo la falda. Los arquitectos, tal vez, en la distribución de peso a lo largo del cuerpo de las mujeres. He dicho tal vez porque, en realidad, no conozco a ningún arquitecto. Pero sí, volviendo al tema y como ya he dicho antes, yo me fijo en cómo respiran.

Falta por resolver lo del destino. Había dicho que habían pasado tres meses desde la visión que salía del mar. Lo cierto es que volví a la ciudad con la intención de encontrarla y pedirle que se casara conmigo. No podía más, así que regresé e hice mil preguntas, pero nadie sabía quién era Laura. La veían venir los viernes, cuando ya había oscurecido, bajaba desde la sierra hacia la pequeña costa del pueblo. Quienes más me podían contar eran los adolescentes de la ciudad. Ellos si que sabían que ella se bañaba desnuda, la espiaban; pero se avergonzaban de ello y lo negaban. De nada sirvió abrir mi cartera, ellos tenían la vergüenza cerrada.

Me volví al hotel triste, estábamos a miércoles y nadie parecía saber de Laura hasta que llegaba la noche del viernes. Voy a anticiparme a esa noche y os voy a contar su historia:

«Laura, era una mujer de diecinueve años, con una madre muerta y un padre depresivo, que la miraba a los ojos y veía a su mujer. Eran dueños de una granja pequeña, en la que cuidaban gallinas. Con los huevos que estos animales ponían, vivían los dos. El padre, depresivo, ya lo he dicho, era un trabajador extraño, no se ajustaba a ningún horario, con una sola salvedad. Los viernes por la tarde, se daba una ducha y, después, realizaba una llamada. A los veinte minutos llegaba una mujer que, aunque no siempre era la misma, lo parecía y Laura desaparecía durante unas horas. Bajaba a la ciudad, a aquella solitaria cala, y si el tiempo acompañaba se daba un baño. Luego regresaba. En casa la esperaba un padre con un sonrisa al que ella le daba un beso. Ambos sabían que mañana sería otro duro día».

- Me gusta bajar a la playa, quitarme los zapatos y sentir la arena. También me gusta el agua del mar. ¿Y a ti?

- ¿A mí?, a mí me gusta caminar despacio.

De esta manera se desarrolló nuestra primera conversación que ella había iniciado como si me conociese desde siempre. Era viernes, y yo la esperaba. Nos miramos toda la noche, yo intentaba hablar y ella sonreía, luego ella me contaba y yo sonreía. Así, sin darnos cuenta, amaneció. Le conté toda mi vida y ella, apenas si me dio un dato de la suya: su nombre. Me habló de historias sin importancia, de como cruzan el cielo los gorriones, de..., no lo recuerdo ya casi, pero me hacía sentirme feliz.

Me quedé hasta que terminó el verano, pero no conseguí arrancarla de aquella cala y de las citas de los viernes. Yo quería algo más, pero las mujeres tienen otro sentido de la medida más poético. Tienen tal sentido que, sin esa forma de medir, no podría existir el recuerdo.

Veía caer la luz, los viernes, con deseo. Nervioso me vestía y corría hacia la playa. Esperaba unos minutos eternos y, de pronto, miraba hacia el camino y suspiraba: allí llegaba, como flotando, rodeada de una aureola floral. Recuerdo aquella noche, en que la miré a los ojos y le susurré:

- Perdóname, Laura, tengo que decirte que me he dado cuenta de que no sabes respirar.

- Menos mal, imagínate por un momento que hubiese sido perfecta.

Me dejó sorprendido. Creo que sus palabras lograban que me enamorase más profundamente de ella. Sus palabras y el tierno decorado que siempre nos acompañaba. Ella, como otras veces, iba levemente vestida, dejando que la brisa jugase con la gasa de su ropa. La traía y la llevaba, mientras yo seguía extasiado ese movimiento. Mil sonidos navegaban por mi cabeza, cuando ella me señalaba más allá del faro y me narraba un historia de un hombre como su padre. Un hombre, que en todas las hazañas, era joven y fuerte, y realizaba proezas de ternura.

Pasaron noches muy felices y le pedí que todas las demás fueran una continuación de estas. Me dijo que no, que no hay verdades eternas, que todos los amores son ríos que van a morir al mar, que el mar es algo así como un lugar donde flotan todos los recuerdos. Me dijo que es la nostalgia quien mata al amor. Me di cuenta de que si ella no sabía respirar, yo era ciego; un hombre ciego, como todos, que no había encontrado una mujer como todas. El destino te lleva al enamoramiento como una obsesión, tal como si no hubiese otra cosa.

Jamás es una palabra que me disgusta. Sus labios no se desplegaron para decirla, pero yo sentía a mi alrededor su sombra. Jamás saldremos de esta cala, por muy hermosa que sea. No hay salida y yo tengo mis obligaciones. Así que, aunque este amor sea tan precioso, todo tiene su final. Lo ensayé muchas veces, pero la despedida siempre es improvisada.

- Mañana, un tren por distancia -había llegado a abrazarla-. ¿No te doy pena?

- Tengo que irme -me dijo-, se me ha hecho tan tarde como la primera vez.

- Ya no volveré hasta las Navidades.

- Lo sé, te echaré de menos. No puedo decirte otra cosa.

- Podrías decirme que te vienes conmigo, o al menos, que me esperarás.

- Sí, podría. Pero antes de decírtelo debo aprender a respirar, ¿no crees?

Ahora sé que volveré a esta cala, a buscarla, siempre. Que no tengo escapatoria.