Anoche falleció mi abuela Rosa. Llevaba muchos años enferma, con padecimientos de todos los órganos internos y alguno más que aún no se ha descubierto. Sin embargo, y a pesar de todo ese cúmulo de enfermedades murió de una manera sosegada mientras dormía en su propia cama. La última historia que me contó fue la de mi abuelo Juan, aquella que yo tantas veces había exigido sin éxito alguno. Desde mi adolescencia comprendí que escondíamos un secreto del pasado cada vez que «los mayores» bajaban el tono y cambiaban de conversación cuando yo traspasaba una puerta y me hacía presente. Por puros retazos interpreté que debía tratarse de mi abuelo: cuando preguntaba por él, en la familia unos se negaban con obstinación y otros, simplemente, enmudecían. Entre estos últimos destacaba mi tío Roberto por su mutismo absoluto que remarcaba deslizando sus gafas hacia abajo usando el dedo índice para mirarme con crudeza a los ojos, esperando luego unos segundos interminables con la mirada clavada, como llamándome estúpido, para volver a deslizar sus gafas, este vez hacia arriba y con el dedo corazón, y así continuar la lectura del periódico, sin dejar resbalar una palabra.

Los que cuentan que desde lo alto de la peña se ve el mar, mienten. Recién cumplidos los ocho años, logré alcanzar la cima; desde allí arriba miré hacia el norte con esperanza y no se veía otra cosa que el mismo paisaje de cordillera, lleno de subidas y bajadas, que acostumbraba a ver desde el pequeño ventanuco del cuarto que compartíamos en la casa familiar los cinco hermanos varones. Se me escaparon las primeras lágrimas verdaderas que recuerdo. Aunque ahora lo cuente con cierta distancia, lo verdad es que aquella anécdota puede describirse como mi primera decepción con la vida. Nunca antes se me había ocurrido plantearme que los mayores pudieran mentir a un niño, que se jugase con tanta facilidad con las ilusiones de nadie. Me quedé a solas con mi angustia en la cima, mientras, empezaba a anochecer sin que llegase a percibirlo. Con la noche ya cerrada, me froté los lloros con el puño y sin apenas luz comencé el descenso. Llegué a casa muy tarde y con la ropa destrozada, tanto que mi padre se enfadó muchísimo. No supe hacerme con las palabras que pudieran explicarle el motivo de mi tardanza, ni la frustración que sentía, lo que no hacía otra cosa más que enfurecerle. Irritado hasta el extremo con cada uno de mis balbuceos se quitó el cinturón y lo descargó sobre mi hombro.

Cuando se huye siempre se llega a un punto en el que, ante un cruce de caminos, el protagonista detiene su coche, baja lentamente la ventanilla, enciende un cigarrillo y espera. Generalmente cae una lluvia fina que se cuela y le refresca el rostro sin que él apenas lo perciba. Ese es el punto de no retorno, aquel que si se cruza no permite ninguna posibilidad de vuelta atrás. Así se encuentra Manuel, a su derecha una carretera bien asfaltada que le podrá llevar a otra gran ciudad, a su izquierda una especie de camino forestal que se pierde entre los árboles y en el retrovisor la carretera que ha quedado a su espalda, la última posibilidad de desandar el camino, de volver ante Marta, sentarse frente a ella y pedir perdón. Enciende su cigarro y aspira el humo, con la mirada perdida en el retrovisor.

Los fotogramas de una vida pasan a menudo demasiado deprisa ante nosotros; tanto que detener un instante al vuelo para estamparlo en una fotografía, como quien atrapa un ejemplar rarísimo dentro de su red caza-mariposas y lo pincha después en la pared, es un caso que pocas veces ocurre. Una vez entre millones la casualidad cede y alguien aprieta el disparador en el momento adecuado para conseguir la fotografía perfecta. Una de esas la tomó mi padre hace setenta y cuatro años, en plena guerra civil, con la cámara Leica de un periodista que había venido, sin saberlo, a morir al frente. Un disparo desde el otro lado del frente le reventó la cabeza. La cámara fue pasando de mano en mano por la compañía como si de una reliquia se tratase y no sé cómo terminó en las de mi padre. Nunca quiso contármelo por mucho que yo le insistiera, «de la guerra no hablo, chaval» y se callaba taciturno para el resto del día como si de pronto unas sombras hubieran irrumpido en la casa. A la mañana siguiente, al levantarse, hacía como que no se acordara de nada y sacando la cámara de su funda la colocaba sobre la mesa de la cocina mientras me detallaba que «fue de las primeras que hubo en España. Agustí Centelles tenía una igual que compró a plazos por novecientas pesetas. Todo el mundo lo sabe». Por un instante le recorría una chispa de vida e inteligencia. Luego se detenía horas contemplándola, como si de un talismán se tratara, mientras a su cabeza retornaban las historias del pasado que le sumían en un ensimismamiento progresivo difícil de romper para un niño como yo. Me quedaba en un rincón trasteando y de vez en cuando le echaba una mirada para comprobar que no se había movido.