Sí que me importa tu vida

Javi Álvarez
Madrid, 16 de mayo de 2004

- No he podido llegar antes, lo siento, nunca pretendí que perdieras ese tren. No me mires así, no soy tan cruel como intentas hacerme sentir con tu mirada retorcida y esa indiferencia a modo de castigo. Sabes de sobra que ayer

- Cállate ya -me cortó con fuerza-, no me interesa que me recuerdes lo bien que cumples tus compromisos sociales. No es eso; lo que me repugna es la prioridad que le das a todo aquello que no soy yo.

No dije nada, allí me quedé callada, no era el dolor de la punzada lo que me había cerrado la boca, sino una pose estética que le hiciera pensar que de verdad sentía cierto interés cuando él me hablaba. Ese fue mi error no mantener aquella discusión lo suficiente como para tener una oportunidad, dejarme ganar un terreno imposible de recuperar.

- El tren ya no me importa, es lo de menos -continuó sin dejar de quemarme con su mirada, aunque bajando el tono, amortiguándolo como si de pronto hubiese perdido todas sus fuerzas-. El congreso puede esperar, incluso podríamos salir esta tarde, si nos quedara algo de interés.

Supe que esperaba algo de mí, no sé si una reacción que mostrase una cierta proximidad o, al contrario, un cierto intento por mi parte de defensa que le permitiera a él presentar el ataque frontal que premeditaba. Pensé en abrir la ventana, necesitaba sentir el aire rodeándome mientras observase la colina que comenzaba a pocos metros y que entonces presentí como una ilusión de salida. Si embargo, no me moví.

- En realidad, mi vida entera puede esperar, ¿no es así?

Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis ojos . Creí que se arrepentía de toda esa vida que parecía detenerse por mi culpa. No acababa de ver desplegada toda su estrategia, hacia dónde quería conducirme; es muy posible que estuviese intentando despistarme con su pregunta.

- Pues no sé que decirte, si es lo que piensas...

- Sí, eso mismo es lo que pienso. Mi vida puede postergarse eternamente o apagarse definitivamente hasta morir. Hace años que me abandonaste aunque no te fueras. Tal vez no nos hemos sentado a hablarlo, pero es la verdad. No tengo la menor importancia para ti.

En la habitación se condensó el tiempo de mil minutos durante aquel pequeño instante transcurrido.

- ¿No dices nada? Para qué, ¿verdad? Será mejor que me vaya solo esta vez.

Recogió su gabardina, el paraguas y una pequeña maleta que tenía preparadas y sin volverse terminó:

- Adiós. No me esperes; a la vuelta encontraré en la ciudad algún hotel donde quedarme. Tú sigue aquí, no te muevas, te has ganado la casa.

Salió sin que llegase a reprocharle nada, dejándome como a un lastre. Me resulto imposible decirle que sabía lo de su secretaria, que no era tan estúpida como pensaba, que conocía en que había gastado cada una de las horas en las no había estado conmigo y que en el balance de dolores y amarguras que nos infringimos él, como siempre, salía ganando. Recuerdo que me quedé en un cruce de sensaciones difícil de explicar que me produjo un largo letargo.

Mi lento despertar se truncó la tarde de ayer mientras veía las noticias en la televisión. En una tertulia se hablaba de un médico que intentó atracar un banco. Contaban que detrás de todo había un historia altruista que la sociedad debería aplaudir. El hombre trabajaba en un hospital público del que se había recortado un treinta por ciento del presupuesto, de tal forma que desde Administración se había comenzado a posponer aquellas operaciones consideradas «menos importantes». Entre ellas figuraba un niño de seis años con problemas respiratorios cuya intervención ya programada podía esperar al menos otra semana según dictamen del propio médico. El niño había fallecido y al médico le había faltado tiempo para correr al banco más próximo y armado de un par de bisturís pedir que le metieran todo el dinero que allí había en una bolsa de basura. Los empleados cumplieron sus órdenes, más asustados por su semblante paranoico y su bata de cirujano que por la intimidación de los instrumentos médicos, salvo el vigilante de seguridad, quien, cumpliendo con las obligaciones de su puesto, había hecho sonar la alarma durante el atraco. La policía apareció en pocos minutos, cercando y acordonando la zona. Veinte escopetas apuntaban hacia la fachada del banco en cuestión de segundos, mientras por megafonía le pedían al hombre que desistiese en su empeño y que se entregase. El médico envió un rehén con una frase: «Si queda algo de justicia obliguen a los bancos y grandes corporaciones a invertir sus ganancias escandalosas y deshonestas en nosotros las personas». Tras entregar su mensaje, el rehén, levantó las manos y gritó:

- Tal vez existan otras formas de tratar este tema y también lugares mejores para discutirlo. Quizá ésta no es la vía adecuada para encontrar una solución, pero yo quiero participar.

Después decidió volver al interior del banco por propia voluntad, cumpliendo un papel de apoyo incondicional a unas convicciones que de pronto compartía. No se escondió ni optó por el camino fácil de la huida. En las imágenes que repetían de fondo pude ver el aleteo de sus manos mientras gritaba, y aunque no se distinguía claramente su rostro, reconocí en aquel rehén a mi marido. No le pude entender, vi al mismo hombre extraño que se había ido de casa con su maleta y por instante pensé en su fragilidad, en como en tan poco tiempo se le desbordaban los sentimientos y se veía capaz de afrontarlos responsablemente, aunque aún no supiera expresarlos.

Lo siguiente que oí me dejó helada. Seguramente algún dirigente político desde su despacho observó que el asunto se estaba convirtiendo en un grave problema difícil de manejar y que la situación podría llegar a derivar en disturbios de orden público con un resultado claramente negativo para el gobierno, así que envío órdenes suficientemente claras. Los agentes no tardaron en entrar abruptamente al local, sin pararse a pensar un solo instante; tenían permiso para disparar. Abrieron fuego al primer desde el principio. El atracador murió allí mismo y otras tres personas resultaron heridas, una de ellas fue mi marido Carlos.

Esta mañana me he acercado al hospital para intentar verle y si fuese posible cruzar un par de palabras que nos tranquilizasen a los dos. A la puerta de la unidad de vigilancia intensiva me he encontrado con su secretaria que se abrazaba a una enfermera. Sus manos temblorosas delataban los nervios; sus ojos, el cansancio y la angustia. Me imaginé que Carlos se encontraba en estado crítico. Al acercarme ella me miró reconociéndome.

- Hola, Carmen -me saludó-.

No era mi intención entablar una conversación con aquella mujer en aquellos momentos. No sabía como tratarla, ni que tipo de vínculo debería unirnos en aquel hospital.

- ¿Cómo está?

Aplastó lentamente la colilla del cigarro en el cenicero y mirándome de soslayo me dijo:

- Mal, muy mal. Los médicos dicen que es posible que no pase de esta noche. No creo que llegue a salir vivo de la UVI.

La enfermera nos dejó solas. Desconocía nuestra relación, pero comprendió que en el diálogo que iba a comenzar se nos haría duro a ambas. Mientras se perdía por el pasillo, saqué un cigarro y se lo ofrecí. Lo aceptó y esperó que le diese fuego. Con su primera calada le pregunté:

- ¿Y tú?

- Asustada.

No nos mirábamos, ambas contemplábamos como se deshacían las volutas de humo. De repente se echo a llorar como una niña, llena de rabia e impotencia. Entre balbuceos acertó a decirme que Carlos era toda su vida, que lo supo el primer día cuando ella entró a trabajar en el despacho y él se acercó para presentarse y ofrecerse para cualquier cosa que ella necesitase.

- Su sonrisa -me decía mientras golpeaba suavemente con su puño cerrado la pared-.

Intenté consolarla hablándole de que era joven y que tenía mucha vida por delante. Creo que apenas me escuchó.

- ¿Te importa si me acerco hasta el cristal para verle un instante?

No me respondió, al verme reanudar el paso comentó:

- No te acompaño, me hace mucho daño verle así.

Desde la ventana se veía la cama. Estaba entubado, con respiración artificial. Los ojos cerrados. Nada en él delataba vida. Extendí las palmas de mis manos para sentir el cristal y luego apoyé mi cara. La piel se me erizó recordando aquellas veces en invierno en que Carlos metía sus manos mojadas de nieve bajo mi jersey y me tocaba la espalda dibujando círculos. No pude contenerme y las lágrimas resbalaron por mi mejilla.

- Hola, Carlos -apenas si moví los labios-.

Como si me hubiera presentido despegó sus parpados y pude verle los ojos; tan pequeños y del color de la miel como siempre. Miraban hacia el techo sin ninguna expresión. Descubrí que ya no me quedaba ningún derecho sobre su dolor.

- Sí que me importa tu vida -le dije a bocajarro sin temor a que me llamaran la atención por hablar en aquella sala-. No quiero que te mueras.

Salí corriendo sabiendo que no oyó mis palabras. Lo cierto es que me arrepiento de no habérselas dicho aquel día en que se llevó su gabardina, el paraguas y una pequeña maleta.