Mientras no íbamos

Javi Álvarez
Madrid, 19 de mayo de 1999

La guerra ya estaba perdida; meses después lo sabríamos con certeza. El almanaque marcaba un día de finales de febrero, el año era el 39. La guerra estaba perdida. Ya estoy viejo, y me pierdo al contaros cuentos. Os mezclo los personajes, así que sé que no me creeréis del todo. El abuelo chochea, diréis mientras os reís de mis recuerdos.

Como os decía -cuando queráis podéis iros, comprendo que os esperan los chicos y la discoteca- se acababa febrero. Yo, aquel día, tendría seis años. Pues eso, se acababa febrero del 39 y la guerra estaba perdida, los rebeldes seguían avanzando, así que teníamos que dejar una Barcelona ya tomada. Mi madre aún tenía las lágrimas en los ojos; su marido, mi padre, había muerto semanas antes en el frente. Los nacionales ganaban y había que huir; cada cual como pudiese y hacia donde pudiese. Nosotros nos fuimos con un grupo de mujeres y sus hijos. Nuestra intención se resumía en cruzar la frontera francesa. No me preguntéis por dónde, no puedo recordarlo. Lo que sí sé es que un camión de la CNT consiguió acercarnos hasta Figueras.

Recuerdo de aquel viaje el silencio de las mujeres. Un silencio que el llanto de algún niño rompía. Era el hambre la que provocaba aquellos chillidos con los que los más pequeños desgarraban el alma a los mayores. Aquel invierno fue muy duro, no sólo por la falta de alimento, también por el frío. Un frío que se apretujaba en nuestros huesos y que nos resultaba imposible echarlo afuera. Nos tapábamos con todo lo que podíamos, y hay seguía. Quemábamos, cuando se podía encender fuego que no eran muchas veces, toda la madera que teníamos al alcance, y hay seguía. Ese frío sobrecogedor que algunas noches aún me llama y me hace mojar la cama. Y el hambre. Recuerdo olvidar el sabor de la carne. No teníamos golosinas, ni chocolate; tan sólo algunas legumbres y patatas que a veces también nos faltaban.

El camión de la CNT nos dejó en Figueras. Ya había oscurecido y se oía, a lo lejos, el romper del mar contra los acantilados. El eterno grito sobrecogedor del mar que se eleva por encima de los hombres. Dormimos en unas ruinas que no tenían techo. Ruinas de edificios bombardeados por la aviación. Miraba el cielo, lo recuerdo, sin ver estrellas. Sólo veía algunas nubes que había allá arriba. Al poco comenzó a nevar otra vez. Pequeños copos blancos muy fríos. Me acurruqué en el regazo de mi madre, y me di cuenta de que lloraba. No sabía que sería de nosotros y lloraba. Estaba muy asustada.

Mi madre, por aquel entonces, había cumplido los veintitrés. Era muy niña aún y ya huía de una guerra, cargando con un niño y recordando a un marido muerto que apenas llegó a conocer. Aquella noche se despidió de Cataluña para siempre. Le oí susurrar vaguedades que no entendí. Le vi crispar los puños y golpear el triste suelo que nunca más habría de volver a pisar. Mirábamos Figueras y suplicábamos una tierra como ésta, al otro lado de la frontera, para nosotros. Una nueva patria que fuese la misma patria dentro de nosotros. Sabíamos que no se cumplirían nuestras súplicas, que siempre seríamos exiliados, pobres exiliados, huyendo de nuestra tierra; expulsados por nuestros propios hermanos, por la fuerza de sus armas.

Sus ideas avanzaban llenando de sangre las manos, al igual que las nuestras retrocedían, sin que la razón ni la convivencia tuviesen su espacio. Aún no lo entendía: mi padre estaba muerto. No entendía aquel frío llenándome, hasta lo más hondo, el alma. No lo entiendo: pasamos dos día con un poco de pan y una escudilla de arroz. Un arroz triste y pasado que preparó mi tía Rosario con unos pocos granos que aún le quedaban a modo de despedida. No podía quejarme, otros días sólo tomábamos un caldo hecho con un hueso. No entendía los disparos a mi alrededor, ni las bombas. No entendía el silencio desolador e inhumano de otras veces. Aquel silencio impregnándolo todo. No entendía las caras tristes de las mujeres, mujeres a las que ya no quedaba una sola palabra en sus pechos.

Amaneció, y comenzamos a caminar. Lo hicimos durante dos días agotadores, caminando entre la nieve sin apenas detenernos. Todos juntos, las madres imponiendo un paso tranquilo y seguro, algo lento para que lo siguiésemos todos. La nieve rodeándonos y el frío. Un paisaje tan hermoso como desangelado, caminando con los ojos llorosos por el viento y en un silencio sobrecogedor. El caminar cansino. Así iban transcurriendo las horas. Despacio. Nuestras huellas quedaban en la nieve, señalando un camino sin vuelta atrás. A veces las mujeres volvían la vista. Luego, con la manga se secaban las lágrimas. Regresaban su mirada al frente y, agigantadas, aceleraban el paso durante unos minutos.

Al atardecer alguien dijo que la frontera estaba a menos de un kilómetro. Las mujeres decidieron esperar la noche, sabían que había luna llena y que si dejaba de nevar tendrían luz suficiente para no perderse. Necesitaban descansar un instante. Algunas se durmieron después de roer el último trozo de pan. Otras se asearon un poco con la nieve. A pesar de la aparente calma, se apoderó de todas ellas un miedo irracional, un pánico sin forma que les hacía temblar. La hora se acercaba. Dormí unas pocas horas, entre toses que barruntaban tuberculosis. No era extraño, los pulmones estaban muy débiles por el frío y había mucha hambre.

Llegó la noche. Con ella reiniciamos la caminata. Aún ahora puedo sentir el aliento cálido de mi madre. Veo como me toma la mano y tira de mí. Tenemos que dar los últimos pasos; consumar la huida. Dejar atrás el sudor que la tierra arrancó a nuestros antepasados. Aún puedo ver como sus ojos se nublan otra vez, aunque aparente una fortaleza inagotable. Pero dejémonos de sentimentalismos.

Llegó la noche y volvimos a caminar. A los pocos pasos pudimos ver un puesto fronterizo. Se oyeron suspiros y también algún rezo. Avanzamos un poco más y comenzamos a oír las voces de los soldados. Voces roncas de hombre. Voces altivas de vencedores. Nos detuvieron al grito de:

- Alto o disparo. Todas a ponerse en fila de a una. NO QUIERO ALBOROTOS. A ver, LOS PAPELES o las frío a todas.

Los soldados africanos fueron saliendo de la garita con sus fusiles en alto. Se acercaron a las mujeres. Les quitaban los papeles, unos papeles que observaban con mucho detalle. Las miraban otra vez. Las apuntaban de nuevo con sus armas. Volvían a leer los papeles. Luego las registraban buscando humillarlas. «Tienes buenas tetas, roja» le dijeron a mi madre. Le pidieron las joyas, joyas que mi madre no tenía, y le arrancaron de un tirón los pendientes, como a las otras y, como ellas, tampoco gritó. Aguantó el dolor con el poco coraje que aún le quedaba. Así, herida y humillada cruzó la frontera, mientras yo miraba esas gotas de sangre que perlaban en sus orejas toda la humillación de una guerra civil perdida.