La fotografía

Javi Álvarez
Madrid, 9 de octubre de 2005

Los fotogramas de una vida pasan a menudo demasiado deprisa ante nosotros; tanto que detener un instante al vuelo para estamparlo en una fotografía, como quien atrapa un ejemplar rarísimo dentro de su red caza-mariposas y lo pincha después en la pared, es un caso que pocas veces ocurre. Una vez entre millones la casualidad cede y alguien aprieta el disparador en el momento adecuado para conseguir la fotografía perfecta. Una de esas la tomó mi padre hace setenta y cuatro años, en plena guerra civil, con la cámara Leica de un periodista que había venido, sin saberlo, a morir al frente. Un disparo desde el otro lado del frente le reventó la cabeza. La cámara fue pasando de mano en mano por la compañía como si de una reliquia se tratase y no sé cómo terminó en las de mi padre. Nunca quiso contármelo por mucho que yo le insistiera, «de la guerra no hablo, chaval» y se callaba taciturno para el resto del día como si de pronto unas sombras hubieran irrumpido en la casa. A la mañana siguiente, al levantarse, hacía como que no se acordara de nada y sacando la cámara de su funda la colocaba sobre la mesa de la cocina mientras me detallaba que «fue de las primeras que hubo en España. Agustí Centelles tenía una igual que compró a plazos por novecientas pesetas. Todo el mundo lo sabe». Por un instante le recorría una chispa de vida e inteligencia. Luego se detenía horas contemplándola, como si de un talismán se tratara, mientras a su cabeza retornaban las historias del pasado que le sumían en un ensimismamiento progresivo difícil de romper para un niño como yo. Me quedaba en un rincón trasteando y de vez en cuando le echaba una mirada para comprobar que no se había movido.

No puedo evitar sentir un escalofrío que me recorre entero cada vez que miro aquella foto. La fotografía, tomada desde una posición elevada, nos muestra una camión que abandona al amanecer la plaza principal de Cogolludo, en la provincia de Guadalajara. El camión se presenta desde uno de los costados y es posible reconocer sobre su caja de madera que lleva pintada la leyenda «Arriba España». Sujetándose al andamiaje que circunda la parte superior de la caja hay tres falangistas en pie, con un fusil cada uno. Dos de ellos fuman y conversan apaciblemente; el tercero, al que se le ve de frente por ir al otro lado del camión, tiene la mirada perdida en la carretera. El que no fuma se cubre los hombros con una manta oscura que no consigue sacarle el frío del cuerpo. El suelo de la caja está cubierto con una lona que moldea las formas irregulares de la carga. Son dos hombres a los que les van a dar el «paseíllo» y sé que uno de ellos es mi tío Antonio. Al final de la lona, por un pequeño resquicio, se distingue un brazo izquierdo en alto con el puño cerrado. Toda la fuerza de la fotografía se encierra dentro de esa mano. La tensión con la que aprieta los dedos se percibe en el gesto afilado de sus nudillos. El hueso de la muñeca saliente nos presenta una delgadez lánguida y dolorosa. El dedo pulgar crispado que cruza sobre el índice y el corazón y un ligero temblor por la posición del hombre tumbado hacen redonda la foto. Si pudiéramos acercarnos más percibiríamos las venas azules a punto de romperse por la potencia contenida. Decía mi tía Rosario, la mujer de Antonio, que aquellos dos viajaban susurrando «la Internacional» aunque no se podía oír el canto porque el motor del camión lo apagaba.

La historia de mi tío Antonio y la de mi padre me la habrá contado Rosario doscientas veces al menos, pero cuando llegaba a aquél día, al de la foto, me decía lo de «la Internacional», se callaba y lloraba. Después se limpiaba las lágrimas de un manotazo y me hablaba de lo bonito que era el pueblo antes de la guerra, de los colores y las formas de los montes, del agua y la lavanda que veía en los campos cuando se montaba en el autobús de línea camino de Guadalajara. Yo le mostraba la foto otra vez; no servía de nada. Ante la falta de explicaciones no fue mi imaginación la que buscase conclusiones propias, simplemente, como ellos, lo dejaba estar. El tiempo transcurría y el silencio de mi entorno cerró las puertas a la verdad. En aquel momento creí que para siempre.

Supe desde dónde se tomó la foto por pura casualidad. Al morir mi padre volví al pueblo para enterrarle al lado de su esposa. Después de veinte años sin pisarlo me di cuenta de que mis raíces seguían entrecruzadas con aquella tierra. Tras la ceremonia decidí cumplir el encargo que me hizo de cerrar la casa familiar. Abrí la pesada puerta de madera con unas viejas llaves que él había guardado siempre y recorrí aquellas paredes con Ramón, el único amigo de mi padre que quedaba vivo en el pueblo. Al llegar al desván hablamos de tonterías hasta que él se acercó a la ventana y yo le seguí. Miré hacia la plaza y pude ver cada uno de los detalles que había en la fotografía. A pesar del tiempo transcurrido todo encajaba. Mi padre desde allí apretando el disparador de la cámara para obtener la última fotografía de su hermano como quien recoge su propio destino después de haber mutado. Lo entendí de golpe, con la certeza de que otra explicación no sería posible: llegaron de repente los fascistas dando gritos, con la sangre caliente, rompiendo los muebles, voceando, asustando a las mujeres y empujándolas; buscándole a él, no a Antonio. Pero lo cierto es que no le encontraron y se llevaron al hermano. «Matar a uno serviría igual de escarmiento para el otro» debieron pensar

- Ramón, por qué vinieron a por mi padre.

- Cosas de entonces, se casó con quién no debía.

Mi madre murió durante el parto al nacer yo, creo que dos o tres días antes de tomar la foto. Con mi familia materna no me traté nunca. En realidad fueron ellos los que me rechazaron por las ideas de mi padre. Intentaron acercarse luego, cuando en el extranjero se reconoció el prestigio de aquella foto y empezaron a lloverle premios internacionales, pero entonces fui yo el que preferí quedarme al margen. En el cuarenta se publicó en una revista francesa. Aquello salvó la vida de mi padre: le sacó de la cárcel y le permitió tener una vida llena de miedo. La Guardia Civil vigilaba cada uno de sus actos y a la menor oportunidad se lo volvían a llevar al cuartelillo donde le daban una paliza y después le encerraban en el calabozo hasta que los moratones desaparecieran. Nos trasladamos a Madrid, pero nada cambió: en el exterior seguían los premios, en el interior las visitas de la policía. Un golpe detrás de otro durante toda su vida.

Saqué de la cartera una copia de la foto que siempre llevaba conmigo y se la enseñé a Ramón. El la cogió un instante entre sus dedos y me la devolvió rápidamente, como si tras un leve vistazo le quemase. Su mirada se perdió en la plaza, donde los nuevos detalles borraban los viejos de la foto. Lentamente comenzó a liarse un cigarrillo que prendió usando, en una suerte de homenaje, el encendedor de mi padre que yo le había regalado unos minutos antes. Después lo guardó en el bolsillo de su chaqueta y mirándome de nuevo me dijo:

- Ese de ahí -señaló a uno de los falangistas, al que se le veía de frente llevando la manta sobre los hombros- es Tomás, el hermano de tu madre. Regresó a la media hora caminando sólo. Llevaba colgando el fusil con la bayoneta calada manchada de sangre reseca.

Mientras alargaba una nueva calada me cogió de nuevo la foto. La miró un instante porque se la sabía de memoria.

- A los otros también los conoces, son los hijos del boticario. ¡No pasamos tardes juntos ni nada de rapaces! A esos no volví a verlos, ni falta que hacía. Yo me eché al monte, de huido, y al volver ya no estaban por aquí. A tu padre lo cogieron una semana después y se lo llevaron a un campo de concentración primero y de mano de obra para construir carreteras después. Supongo que te habrá contado más de una vez las piedras que acarreó maldiciendo bajo la mirada y las escopetas de los carceleros.

- No, nunca me contó nada. Creo que le dolía tanto hablar de todo aquello que ni me permitió conocer el menor detalle.

En silencio los dos contemplábamos el ascenso de las volutas de humo que el cigarro iba construyendo. Se mantenían unidas unos minutos hasta que poco a poco comenzaban a deshacerse y desaparecían. Pensé que era una cuestión física, que los gases se expanden para ocupar todo el espacio y en su intento desaparecen, pues aquel humo no era tan fuerte como para conquistar todo el aire de la habitación. Sin embargo, una pequeña victoria si que logró: con lentitud fue impregnando de su olor todo el desván.

- Ramón, y después, cuando volvió Tomás, ¿que pasó?

No me respondió. Elevó los hombros en un gesto sencillo, que se explicaba solo. Entonces escuché la voz de mi padre muerto diciéndome «al ver regresar a Tomás, salí corriendo de la casa buscando a mi hermano. Caminé varias horas, hasta que al pie de una encina encontré los dos cuerpos sin vida. El otro tenía tres disparos próximos al corazón. Antonio yacía con la cara pegada al suelo y con los ojos vendados. Su espalda estaba cubierta de sangre; la ropa desgarrada por el uso de las bayonetas. Le di la vuelta y solté la venda para ver sus ojos abiertos. Conté más de una veintena de agujeros de bala entre su pecho y su cabeza. Regresé a casa con el cadáver en brazos y lo tumbé sobre la mesa. No vayas Manuel -me dijo Rosario conteniendo el llanto- y yo me quedé allí mirando a mi hermano, pensando en tu madre y en ti, vencido para siempre, hundido, encerrado, humillado y pasando tanto miedo que no volví a poder levantar el puño».