Aquí, esperando

Javi Álvarez
Madrid, 18 enero de 1997

Permanezco sentado, mirando hacia la acera. Van pasando los transeúntes, unos más despacio que otros, y Lola que no llega. Son tres minutos los que lleva de retraso. Aún no es mucho, lo sé, pero un día me voy a cansar y...

Esos dos chicos que se acercan por la acera de enfrente tienen prisa. El de la camisa azul se parece a Antonio Banderas, con su melena al viento. Supongo que son dos estudiantes modélicos, de esos que no faltan a una clase, que luego estudian y aprueban. De todas maneras, el otro, el de la barba desordenada, debe tener problemas. Seguramente su madre va a ser operada muy pronto, porque un desaprensivo se saltó un semáforo y la atropelló. Ya ha pasado por el quirófano otras dos veces, pero nunca queda bien. «Antonio Banderas» tiene una casa en el campo y una novia de ojos tristes que realmente no le quiere, pero que continúa la historia por pereza. Su novia, no lo sabe aún, mañana se va a cruzar con un hombre feo y rudo. No lo sabe aún, pero ese hombre será parte de su futuro (algo así como su destino).

Es extraño el destino, sé que a Lola le pasa algo parecido conmigo, que nos une la pereza.

Los dos chicos se han detenido. El de la barba desordenada se lleva las manos a los bolsillos. Es allí donde tiene anotado el teléfono del hospital. Mira a todas partes, inquisidor, en busca de una cabina. Está pasando una mala racha, los nervios se le van desquiciando y es que aún no se ha desprendido de su complejo de Edipo. «Antonio Banderas» sonríe, lo cierto es que me va pareciendo que tiene cara de estúpido. Tal vez yo la tenga también. Sufro un proceso de identificación con ese hombre un tanto malsano.

Los dos chicos han entrado en el banco. Aquí se acaba su historia. Tendré que seguir a otra persona, desde este escalón, mientras llega Lola. Aquella rubia del pantaloncito corto me puede servir. Es muy atractiva, tanto que podría olvidarme de Lola e irme con ella. Palabras necias las mías, no puedo quitarme a Lola de la cabeza ni dos minutos. Pero esta rubia está realmente explosiva, con sus dos piernas tan largas y esos pechos tan redondos como el tiempo que hace.

Tal vez, me equivoque con ella, pero yo creo trabaja de dependienta en una farmacia, posiblemente la que hace esquina con Daoiz y Velarde. Sí, ahora estoy seguro. Es una chica muy celosa que tiene una historia con un musulmán de ojos enormes. Un hombre que te mira y parece que te está abriendo con una navaja. Me parece que se llama Elena y que este verano se ha ido a Puerto Rico. Ya me la imagino en la playa, con un tanga y los ojos cerrados, tumbada todo lo larga que es, con una pierna levemente flexionada. Los labios, entreabiertos, dejan imaginar el final de su lengua. ¡Oh, dios mío del Africa Ecuatorial!, ¿por qué me tuve que ir de vacaciones a Gandía con el insoportable de José María?

Pues lo que decía, que Elena trabaja en una farmacia y por las noches estudia, le quedan cuatro asignaturas para terminar Biológicas, por la rama de Medio Ambiente, claro. Está deseando acabar de una vez la dichosa carrera. A veces, mientras estudia, levanta la vista de los folios, gira levemente la cabeza dejando la luz del flexo a su izquierda y cierra los ojos para ver su futuro: una casa llena de niños, que corren, que ríen, que están más vivos que ella. Luego los abre de nuevo y vuelve a bajar la vista hasta los apuntes y así pasa otra hora.

Elena se va y yo me quedo mirando la forma de su culo. No se parece al de Lola, son demasiado distintos, tanto como para que me parezca imposible haber imaginado la vida de Elena como la de Lola.

«¡Lola, Lola!, ¿por qué te vas?, ¿con quién irás?». Espero que no sea con aquel hombre. Desde aquí puedo ver que es un desaprensivo. Tal vez sea el hombre que se saltó el semáforo y atropelló a la madre del de antes, el de la barba desordenada. Tiene cara de ser una mala persona, con esos gestos de autosuficiencia y esa arrogancia. Se ve que es de esos que trabaja doce horas diarias, que luego se va a la cama con su secretaria y desde el hotel llama a su mujer para contarle la mentira de que ha venido uno de los representantes de San Sebastián y que tiene que irse con él a hacer las veces de anfitrión, y todo porque el jefe está de viaje en Londres.

Supongo que le ha costado mucho llegar tan arriba, muchas horas de esfuerzo, muchas cabezas,... Es de esos que viven para trabajar, que no sabe lo que hacer con un par de horas libres. Ha tenido dos niños, de los que ni recuerda la edad que tienen. El mayor es una niña, de dieciséis años. Una chica problemática, muy rebelde, harta ya de vivir. Tal vez no pase de esta noche; la decisión la lleva pensando durante meses y esta noche es posible que sea la última.

Me gustaría ver mañana a este desaprensivo, de luto y sin saber nada de nada. Perdido en un mundo que pensaba dominar totalmente. Saliendo de su escondite, de su madriguera de trabajo y secretarias.

Por allí se acerca un hombre feísimo. Es un auténtico monstruo. Apenas si le queda pelo en la cabeza. Y esas orejas enormes,... ¡Ah, y los ojos!, ¡tan saltones!, ¡horrible! Seguro que lleva a cuestas un trauma enorme. Se le ve serio y taciturno. Camina cansado y despacio, se merecería que mañana le pasase algo hermoso. Sí. Tal vez sea él destino de la novia de «Antonio Banderas».

No tengo dudas, es un hombre sensible; acomplejado, sí; pero no por culpa suya. De niño lo pasó mucho peor. Aquello sí que era cruel. Le llamaban «el Feo del 32». No tuvo muchas oportunidades, pero siguió hacia adelante, primero un pie y luego el otro. Ahora le queda un cierto resentimiento, un regusto amargo en el paladar. Tal como a mí. No sé de dónde me viene este sabor que llevo en la boca. Supongo que es el desencanto, estoy cansado de esta sociedad. Me gustaría, por un rato, ser distinto; subir a un alto para pensar y encontrarme una idea propia. Estoy un poco harto de que todos seamos como todos, de que nos hayan socializado con la misma sopa, el mismo Lunes, después del mismo programa.

Mírale, entra en la ferretería. Trabaja de electricista y está tirando cables en una casa de mucho postín, de una señora muy católica a la que él le da mucha pena. Cada poco le encuentra algún trabajillo. Tiene un cierto remordimiento, pues de soltera ella se quedó embarazada. Con la familia que tenía, no tuvo más remedio que casarse, aunque el marido no fuera un buen partido. Fue un matrimonio que duró cuarenta años, hasta que él falleció de una trombosis. No se querían. Pues como decía, de aquel embarazo nació un niño, con algunas deformidades, que murió a los doce días. Ahora puede pensar que aquel niño podía haber sido este hombre. Cosas de la vida.

En la ferretería trabaja Carlos, un antiguo novio de Lola. De vez en cuando, a ella, se le escapa su nombre. No me ha hablado mucho de él, tan sólo me ha dicho que era un poco tarambana. Eso de tarambana me suena a independiente, a que hacía lo que quería y que Lola le importaba poco. A ella se le sigue viendo que no termina de olvidarlo, sigue subyugada por un oculto encanto de Carlos. Un oculto encanto que no logro descifrar. Lo cierto es que aquella vez que le vi me pareció un poco perdido; con la cazadora de cuero gastada y limpiándose los mocos con la manga.

Pero no quiero hablar de Carlos. Por allí baja un ama de casa. Las historias de estas mujeres de mediana edad, dedicadas a sus maridos por entero, no son muy excitantes. Esta sonríe, pero no, no tiene un amante. Tampoco es que los hijos le den alguna alegría. ¡Ah, y el marido mucho menos! ¿De qué se sonreirá? No se me ocurre nada. Tal vez acaba de salir de la bañera, de tomar un largo baño, con mucha espuma. Tal vez se haya quedado dormida en el agua, hasta que ha sentido un poco de frío. Ha salido rápidamente y se ha echado la toalla por encima. Mientras se secaba, con la tersura de la toalla, se ha rozado los pezones y estos se han erizado. Se ha mirado los pechos. Ha pensado que aún sigue siendo una mujer, después se ha vestido despacio, mirándose al espejo. El día, no sabe por qué, ha cambiado.

El mendigo de la esquina le pide dinero antes que ella la doble y él se va detrás. No veo lo que va a pasar. No sé si ella va a ser caritativa o no. Al mendigo no le conozco. Se pasa aquí muchas horas, pero no tengo ni idea de lo que hace luego, cuando oscurece y empieza a levantarse la noche fría. Se albergará en algún lugar de esos de caridad. Sin futuro, sin un pasado que le sirva de consuelo. Con una guerra a cuestas y un trastorno intermitente. No hay futuro, y lo sabe. Vive por pasar los días, por poder mirar, un poco furtivamente, como caminan los demás, por envidiarles.

Si estuviese cuerdo, sería un problema. Ya vuelve. Se va a cruzar con un joven. Le extiende la mano, y el joven ni le mira. Ese joven que se va, así sin mirarle, me parece que es el musulmán de los ojos enormes, ese con el que tiene una historia Elena, la farmacéutica. Está estudiando para ingeniero, dice. En realidad, lo que le pasa es que no sabe lo que quiere, ya no tiene sueños y se limita a vivir. Busca el máximo placer en el mínimo tiempo. Lo cierto es que le envidio.

Y Lola sin llegar, me empieza a cansar este juego de inventar a los demás. De no dejarles tener voz, ni voto. Lo cierto es que siempre cuento lo que hay a mi alrededor, lo que veo más próximo. La culpa es del tiempo, que me sobra y que lo tiro. Y Lola sin llegar. Me va a oír. Me va a oír.

Esa chica que sale de la mercería tiene los ojos tristes. No puedo presentir su nostalgia. Se lleva las manos a los bolsillos de la cazadora; busca algo, no hay duda, pero lo ha dejado en su casa. Su nostalgia, lo voy viendo más claro, es pereza. Sí, esta es la chica que va a dejar a «Antonio Banderas» por el hombre que está en la ferretería.

Se sigue buscando en los bolsillos, pero los objetos que van apareciendo nunca son el buscado. Que se lo pregunten a Lola. Primero fue una barra de cacao, luego unas tijeritas, ahora una tarjeta de telefónica,... Va extrayendo de sus bolsillos intrascendencia. Me gustaría gritarle que debe entrar en la ferretería, pero no lo hago y ella pasa de largo.

No me preocupo, pues sé que su tía Rosario es el eslabón que cierra la cadena, es esa señora de postín que nombre antes, esa que estuvo casada cuarenta años. También sé que la muchacha va camino de la casa de su tía Rosario, y lo que buscaba es una estampita del Cristo de Medinaceli que su madre le dio para la tía. Es sin duda allí donde se encontrarán.

El que sale de la ferretería es Carlos. La está llamando: «Rosa, Rosa». No hay duda de que se conocen: se han abrazado y se están riendo. Ahora hablan, como no, del pasado, de esos detalles que les unen. Ella señala calle arriba y ambos comienzan a caminar. Espero que se crucen con Lola y Carlos ni siquiera la vea. Que Lola le llame y que aún así, Carlos, no la vea. No, eso es peor, luego yo iba a tener que aguantarla, lo que queda de tarde, de morros. Mejor será que no se encuentren, no se vaya a armar.

¡Anda!, eso que ha sonado en el banco parece un disparo. A ver si tengo suerte y soy testigo de un atraco. No me lo creo, pero si esos que salen corriendo con una pistola en la mano son «Antonio Banderas» y el de la barba desordenada...