Esbozos de mi cadáver

Javi Álvarez
León, 26 de diciembre de 1986

I. LA FÁBRICA

Borracho y etílico voy volando, de pared a pared, sobre el aire fermentado de la fábrica. Escombro, ruina, reminiscencias. Fluye de mi boca el líquido de una voz que grita; de las manos que dibujan geometría en el espacio. Voy volando. Un vocablo doloroso, entre chatarras, encuentro, el grabado de un nombre incrustado, más adentro, en un fino hilo de cobre. Cúprico el líquido de mi voz gritando. Etílico. Es siniestra la imagen que veis. El cuerpo de mi amada, traspasa las puertas, de mi mano. Temblorosa. Doncella. Aún tiembla cien años después. Perdura. Una viga reposa sobre el suelo, unas migajas a un lado con los restos de una botella: vidrio verde roto, pedazos de telas. El tragaluz del fondo dice que hoy también ha anochecido entre sus cristales fragmentados.

- Recuerdo el día en que cerraron, -su voz salta nerviosa- ¿por qué fue?

- Una quiebra, supongo.

Me mira en un abrazo de sus ojos, dulces piedras brillantes, mientras su mano libre se balancea inquieta y muy despacio. Creo, ayer, que se refleja en sus labios media sonrisa tímidamente.

- Mi madre lloraba,...

Ahora llora ella, no sé dónde, y confunde presente con pasado, no sé cómo. Tal vez al igual que yo. Sí, su madre murió, llorando. Hierático miro a las dos mujeres, las miro, a veces.

- ...llevaba una blusa negra de mi abuela...

Lo único cierto es que sigue hablando. Sellé su boca con un beso. No hables, un instante después pedí. Una limosna. Otra viga se desploma, quizá sea el roce de una de mis alas, o los años, quién me negará que el desuso... No dije nada.

- ...y un rosario se descolgaba de entre sus dedos. Yo era muy pequeña entonces.

El viento se quiebra, sollozando, lágrimas tristes de nieve colgando del aire. Cada paso. Acercarse. Mis manos. Su cuerpo. Sueño vacío que languidece humedecido y desgajado. Viento. Nieve. Un beso que celebre el cerrar cayendo de sus párpados. Ella encarcelada por mis brazos.

- Te quiero.

Nos queríamos. Como dos islas que se sueñan; encaramándose al promontorio más alto, remando con las palmas de las manos. Imposible. Así nosotros dibujamos nuestro futuro en el negro contorno que abarca aquel encerado. Resbalar. Como mar adentro sin ya el romper de las olas impetuosas contra el recio arrecife tallado de su cuerpo. Son las manos que van caminando cada paso, indecisas, acobardadas, por el trazado sinuoso, con vaivenes, simas, que esconde del viento su vestido. Va cayendo entre dos segundos que conforman un inciso, bajo el empuje -ímpetu desolador- de mi deseo de quererla. Voy volando, como borracho, con los ojos, descubriéndola. Magnánimas sus líneas, cada palmo. Me va haciendo jirones la boca con su boca, desgarrándome. Un sonido apenas perceptible asciende:

- Te quiero -solapados nuestros labios. Sé que me oía-.

II. EL SEPULCRO

Sobre una lápida, que es mi lápida, suenan dos notas de piano: el negro canto sollozando -su recuerdo- de quien, antes, besó mis lágrimas. Mesa, hoy, triste, ella, mis cabellos de aire con un gesto inquieto, nervioso e impotente, con unas manos tan lentamente frías como el mármol que sufre mi largo nombre.

- Requiescam In Pacem.

Una nube de polvo me enturbia el mirarte. Dolorido y muerto suspiro. Luego es un susurro lo que intento. Es en vano, lo sé. Mi sangre pútrida siendo bombeada por el sueño de un corazón reblandecido impetuosamente, tal si hubiese estado siendo la primera caricia de sus dedos. Mi pecho descompuesto -hijo de mi ira- tose el anhelo de tus labios durmiéndose.

Ahora, tendido, ansío que mi cadáver cierre los ojos. Verte es cruel. Levántate y anda. Regresa, despacio, a tu casa.

- Requiescam In Pacem.

Me fui, simplemente, con el sueño. Herido lánguidamente por las garras inquebrantables de la Dama del Alba. Hermosamente en sus pies descalzos observe mi perdida fuerza caminante.

Así, tú hoy, desnudándote sacia lo sajado de mi carne. Dos enhiestas rosas tus pechos ante mi tumba. Jardín sagrado que encarcela mi espíritu animado.

- Requiescam In Pacem.

No entiendo tus reacciones. Tus vestimentas apiladas ante mi sepulcro. Cuerpo de vida en un cementerio se me entrega.

Largos brazos se te caen entre los muslos con un baile extenuante. En rica danza se convierte tu excitación entre mis lágrimas. Lloro porque aún no he renacido. De pronto, ipso facto, te me deshaces transparentándote. Desfallecido de amor recuerdo tu muerte dos meses antes de mi eterno sueño. El cansancio se me agolpa en un presentimiento sobre la yema de mis dedos.

III. LA FÁBRICA

Desnudo, el armazón incorpóreo de la fábrica me seduce. Sobrevuelo inconsciente el polvo de sus escombros con una sonrisa de placer. Alguien, éter blanco en la mirada, dormita abajo. Mi aleteo se entusiasma tras reconocerla. Si embargo es triste la estampa. Inmaculadas pinceladas son los últimos jirones de su vestido; yace. Sobre su cuerpo, arrastrándose viscosamente y silbante, un reptil va caminando. Una teja se desprende del techo, y por uno de sus boquetes se precipita. La veo estampada a escasos metros de su cuerpo. Desciendo en círculos hasta rozar su aureola. Tengo miedo, no sé si llorar.

- Señora María, ábrame, soy Juan -gritaba aquella negra noche, la noche más negra que me puse nunca sobre los hombros-.

Lentamente la puerta se abre. Un escalofrío siento. Un instante, antes de hablar, me queda. La señora María estalla histérica en alaridos. Desolado me interrumpo con una lágrima. No es extraña la escena: mis brazos sostienen lo que fue la vida de su hija.

- ¿Qué ha ocurrido?

Su voz es fuego que arde en mis entrañas. No pronuncio palabra. Siento sus puños que golpean mi cuerpo. Tal vez me llamase asesino.

Mi vuelo se hace torpe ahora que mis manos ocultan mi rostro. Creo que pierdo el sentido: la inconsciencia se prepara como siguiente paso.

- Esa maldita fábrica...

Sólo escombros. Reminiscencias de su pasado, de sus sueños de grandeza arrasados por un golpe de mala fortuna.

- ...únicamente trae desgracia. Sería mejor quemarla.

IV. LA MUERTE

Borracho y etílico voy volando entre mis fantasmas, con los ojos serenamente cerrados. Cruzan ideas de norte a sur en mi cabeza. El presagio de la locura toma vida. Los ojos cerrado. Vuelo.

- Ven, la vieja fábrica está abandonada.

- Recuerdo el día en que cerraron...

Ansia en nuestras sangres calientes de soledad, la búsqueda de una caricia secreta en el silencio del amplio vacío que era la nave de la vieja fábrica...

Bien recuerdo cada beso, cada roce de mis manos por los caminos de su cuerpo, su pálida desnudez y la mía. Aún hoy gime de placer en mi cabeza; el más espantoso dolor que me corroe.

Amarnos por primera vez, decirme te quiero, la viga desplomándose.

V. Y AL FIN, EL MAR

Es el salitre del mar, un instante antes de entrar en él, quien me hace pensar. El salto desde el acantilado fue sencillo: cerrar los ojos, un leve impulso,... y ya te has precipitado. Ahora, morir no lo es tanto. Un remolino de imágenes se agolpa en el interior de mis ojos; un collage enorme de brazos y relojes me retiene. Oigo a mi alrededor el silencio. El corazón dice no. Pero es tarde, el agua me humedece los dedos. Ha transcurrido un infinitésimo de tiempo y es, ahora, mi muñeca quien se ahoga.

La mente, confusa, retrocede y se embota: Ella no me dejará morir; en el último momento tirará de mí y volveré a ver el cielo. Lo hará despacio, entregando todo su esfuerzo en izarme. Habrá cortos intervalos de retroceso, y el agua me dará un color amoratado. Entonces ella temblará, casi extenuada; un grito desesperado silenciará las olas y tirará con más fuerza, la fuerza que vive en el hilo a punto de romperse.

Pero no surgiste de tu tumba, no abandonaste la fábrica corriendo en mi ayuda. Así, ahora, sé que nunca tendré el perdón y estaré condenado a vagar y volar sobre la fábrica, mirando tu cadáver que es el mío.