Una casa sin misterio

Javi Álvarez
Madrid, 14 marzo de 1997

- ¿Vives aquí?

- Sí, este viejo caserón es mi casa -dije mirándola a los ojos. Después rehice el gesto cariñoso e insinué-, ¿si quieres pasar?

Los ojos se le abrieron hasta alcanzar el tamaño de dos afilados diamantes gigantes. Se llevó la mano a la boca y antes de que ella iniciara una frase afirmativa cambié la intención.

- Aunque ya es un poco tarde. Es posible que la abuela comience ya a gemir. La verdad es que no es nada agradable. No, mejor vente otro día, cuando luzca el sol.

No podía ser, tanta ingenuidad en unos dedos tan cortos, pero de todas formas quiso saber:

- ¿Por qué gime tu abuela?

- Es una historia muy larga y muy vieja. Otro día te la contaré. Aún estarás doce días más, en el pueblo. Nos queda mucho tiempo por delante, ¿no crees? Déjame que suba a la biblioteca por el libro que te prometí y luego te acompaño a casa.

Siempre he sabido escaparme por los pelos.

En el viaje de vuelta, caminando por el paseo marítimo, dejando la luna siempre a la espalda, le fui confesando lo de aquella vez que Mick Jagger se quiso llevar a mi padre a tocar con los Rolling's.

Al llegar a su portal le di un besito y le dije que mi padre era un pobre cartero, que lo único que sabía de música era tararear el himno de los padres escolapios. Aunque ella se iba dando cuenta de que yo era un mentiroso patológico, no se percató de que, en realidad, cuando estaba mintiendo, era en aquel momento. Me ocurre muchas veces, pasar de lo incierto a lo falso y decir una única mentira. Enredar y jugar para ganarme con ese suspiro de sinceridad el más cálido cariño.

Al día siguiente no la vi; estuve preparando una trampa para ratones, ya que Fu-fú se hacía mayor y ni se molestaba en asustarlos. Así que, decidido a resolver el problema, me pasé la tarde vestido con el mono azul y el martillo en la mano. Dando golpes por aquí y por allá. Entre martillazo y ajuste fui tejiendo la historia de la abuela que gime. No me terminaba de convencer el cuento, no había introducido ningún factor lo suficientemente increíble como para hacer un acto de fe toda la narración.

Así, un tanto frustrado, me quité el mono, le di una patada al gato, me tomé un baño y dos melocotones y me fui a la cama. El techo me estuvo mirando un par de horas antes de que el sueño me venciera a los puntos.

Me desperté porque se colaba la luz del amanecer por el pequeño tragaluz y recordé a mi padre. Él me construyó la buhardilla cuando yo tenía doce años. Entonces también me contó que había que dejar ese tragaluz allí para que el Sr. López pudiera subir al tejado a escribir a máquina. El Sr. López, en mi infancia, era un personaje más importante que dios. ¿Cómo no iba a serlo, si en aquella máquina de escribir tecleaba nuestro futuro? Un futuro que luego le copiaban las estrellas y por eso tanto astrólogo de sombrero cónico podía acertar de que color me iba a poner los calcetines mañana. Por cierto, no hay ningún misterio en eso, yo siempre me los pongo negros.

Podría seguir hablando del Sr. López, pero es un personaje de mi infancia que bien puede esperar unos pocos párrafos. El Sr. López nunca tiene prisa hasta que oscurece.

Después del mediodía me acerqué hasta la habitación de Rosa. Quise saber si ya había terminado de tejerme el jesey. Es cierto que faltaba mucho para el invierno, pero en realidad quería preguntarle por Lucas. Rosa no estaba, por lo que rápidamente deduje que Lucas la había llamado y ella, tonta de ella, había vuelto a la ciudad. Lucas es toxicómano, y también locutor de radio. Rosa está muy enamorada de él y cada vez que Lucas tiene una crisis ella acude. Creo que no lo había dicho: Rosa es mi madre.

Lucas tiene un timbre de voz que seduce. Te llama a medias, entre un suspiro y un susurro. Una vez le conté la historia del Sr. López y él se rio. Su sonrisa se me mezcló con la ironía de pensar que él, a su manera, era un Sr. López, que se subía a un tejado, a poner discos en los que estaba escrito nuestro pasado.

El día anterior me había llamado por teléfono. Sólo quería felicitarme por mi cumpleaños; pero yo estaba en el granero, ya sabéis, con lo de la trampa y no me puse al teléfono. Me dejó el recado por la abuela. La abuela, en realidad, no es familia mía. Es una señora que un día tocó un timbre y nos dijo que había sido la prometida de Don Esteban. Nos lo contó de un golpe y luego nos dijo que ya no tenía donde vivir, que sus sobrinos la había echado a la calle.

En realidad, Don Esteban tampoco era mi abuelo; Esteban nos cuidaba el jardín desde que mi padre era un mocoso. Pero esta historia no se la contamos a ella. No merecía la pena, así que le abrimos la puerta y la instalamos en una de las habitaciones más soleadas. Luego, mientras ella dormía, mi padre miraba el fuego y decía:

- Vaya con el jodido Esteban.

Lo repitió una veintena de veces. Es una imagen que tengo muy grabada en mi interior. Supongo que la he decorado un poco, pues veo a mi padre fumando en pipa.

Llegó la noche y me fui. Deseando hacerme el encontradizo con Julia. No tuve suerte y me volví a casa.

Al día siguiente me ocurrió la desgracia: la hepatitis. Esa enfermedad tan contagiosa que me llevó a la cama y al ostracismo. Dejé de hablar, aunque mi habitación se llenó de visitas. Una de ellas fue Julia. Llegó de puntillas, con el alma en vilo. Vestía una chaquetita calada de punto azul y estiraba las mangas y las doblaba y seguía alargándolas. Miraba temerosa, aunque mi padre nos mostraba como personas espontáneas, felices y normales. Hablamos un ratito, cruzamos frases corteses entre su timidez y mi malestar. De pronto se despidió y me dijo que le gustaría que le escribiera una carta contándole lo de la abuela. Esta es la carta que quiero escribirle:

Estimada Julia:

te fuiste tan deprisa y yo estaba tan débil que apenas si te pude ver un instante. Una estampa me queda, apoyada sobre el quicio de la puerta me miraste un segundo y saliste. El vapor de tus ojos quedó flotando como única compañía, como presagio de tu ausencia, como melodía de tu adiós que se mezcla en la boca, entre la lengua y el paladar. Callado.

Te escribo, ya lo sabes, para contarte lo de mi abuela. En mi casa no hay ningún misterio, por mucho que te hayan contado en el pueblo. No hay más verdad que la imaginación, que los fuegos de artificio para esconder tanta tolerancia. No hay otro secreto que el silencio con el que velamos nuestra independencia.

Por eso, mi abuela gime, porque ella es de otro siglo y no lo entiende. No entiende que el hombre al que quería se muriera con un anillo en el bolsillo, con mil promesas, con mil subterfugios y sin una sola palabra que no escapase de sus anchas manos. Callado en sus manos ásperas. Girando siempre hacia el mar, en silencio. La abuela Elena gime porque le pesa el silencio impuesto. Así que olvídate de tanta tontería, pues no es cierto que sea un fantasma en busca de tierra santa.

Aún me siento cansado, esta hepatitis me fatiga. empiezo a sudar de nuevo. Tal vez esta noche yo también me convierta en un fantasma para las gentes del pueblo. Se haya consumado mi larga agonía y me quede flotando en este viejo caserón, con Rosa y con la abuela.

Espero que en tu tierra luzca el sol. Un saludo.

fmdo: Lucio Amaro

Pero sin lugar a dudas terminaré escribiéndole otra carta, otra más inverosímil.