Carta y circunstancia

Javi Álvarez
Madrid, 9 de diciembre de 2000

Queridos padres:

Espero que os encontréis perfectamente de salud al recibo de esta. Yo lo cierto es que no me puedo quejar de como me trata esta guerra. {...Cómo voy a decirles que llevo semanas sin apenas dormir, con los nervios desquiciados, asustado. Me siento morir cada segundo que transcurre en compañía de estos cadáveres, aunque respiren todavía. Tenemos las horas contadas; la ofensiva del enemigo no se hará esperar mucho, pues nos han visto diezmados en número y moralmente hundidos. Casi lo prefiero, que esto termine de una vez, no aguanto más...}

Son seis las semanas que llevo aquí, sé que es poco tiempo, pero tengo muchas ganas de veros. Las noches desde la trinchera no son como las del pazo. Hasta las estrellas me parecen distintas, no tienen la misma luz. Apenas me habéis hablado de Nuria y ella no escribe casi nunca. Supongo que estará triste. {...Las noches; estas noches tan lejos de todo lo que amo son tan duras. Siento que la soledad se me pega al pellejo entre tanta mugre y me aprieta la garganta. Muchas veces noto correr lágrimas por mi cara; me vienen así, de repente. Otras siento mi cuerpo sin peso o con un peso excesivo. Lo cierto es que no soy yo mismo éste que lleva uniforme, que se arrastra en esta trinchera. No puedo ser yo, he de abrir los ojos y despertar sobre mi cama. Todo esto no puede ser sinó una pesadilla...}

Los víveres que me mandasteis llegaron en buen estado y ya he empezado con algunos. Ya sé que lo mío es gula, pero ¿quién puede resistirse a las rosquillas de la tía Evelina o a ese chorizo que no sé de dónde lo habréis sacado? {...Los devoré en unas horas como un animal. Además lo hice a escondidas para no compartir ni las migas. Luego, al anochecer, me arrepentí al ver a los niños del pueblo merodear, como siempre, por los alrededores del campamento buscando unas sobras que no tenemos. Me atormentó especialmente la imagen de una niña de unos seis años que cojeaba. Es ella la que siempre cierra el grupo, pues le resulta difícil seguir la marcha del resto. Esa noche vieron un conejo e intentaron apedrearle, pero se les escapó. Aunque tal vez no fuese un conejo sino uno de los pocos gatos que aún quedan...}

Ayer hizo mucho sol y tuvimos un día tranquilo, incluso me permití un rato de ocio, bajo un roble y con un libro. Estuve leyendo varias horas la novela que me regaló papá cuando me operaron de apendicitis. Este sol me está poniendo moreno; se me acentúan así los rasgos latinos que heredé de ti, mamá. {...Ayer fue un día horrible. Escaseó el agua, no probamos más que la poca que aún nos quedaba en las cantimploras y de comida sólo hubo un potaje en el que ni se distinguían los alimentos que llevaba. Pero lo peor de todo es que ayer murió Alberto tras una noche de agonía. El médico se ve incapaz de atendernos a todos y en los casos graves lo único que hace es avisar al capellán. Un tiro en la cabeza es un caso grave. Alberto se había convertido en mi mejor amigo durante estas seis semanas que llevamos juntos y ayer murió. Con él han caído las tres cuartas partes del batallón. Tal vez mañana no veamos amanecer ninguno...}

También ayer, como todos los domingos, el capellán nos dijo la misa y Anselmo y Teodoro tocaban con sus guitarras las canciones de iglesia. Cómo veis, mi alma no corre peligro, las oraciones no me faltan. {...Como todos los días, enterramos a los muertos a eso de las ocho, cuando tenemos la tregua. Pero ayer enterramos a Alberto. El sábado, mientras me traía mi plato de comida lo alcanzó un disparo en la cabeza. Fue cruel que aquel disparo no le matara en el acto. Esa noche logró desquiciarme del todo, ver que moría entre su sangre sin ningún remedio. Tres semanas antes le habían dado en el hombro, aquella vez tuvo suerte, ayer no. Yo por el contrario ningún rasguño. Alberto estaba casado y tenía dos pequeños; ahora, muerto y enterrado como tantos otros. No quiero pensar en su familia. No quiero pensar en nada...}

Hoy por el contrario no he podido salir de la trinchera. He pasado todo el día charlando con Alberto y nos hemos reído mucho; ya sabéis que la risa es muy sana, tal vez la mejor terapia antidepresiva, vamos, para subir la moral. {...Risas, no me he reído todavía. Nadie ríe. De vez en cuando alguien explota en un llanto histérico y el capitán le amenaza con fusilarlo por cobarde. Si el llanto sigue le da dos bofetadas y le arrastra por el barro. Tampoco puede hacer más. No existe el consuelo...}

El capitán se porta muy bien con los soldados, es muy humano: se sienta con nosotros y nos habla de su familia. El es de Ponferrada. Nos ha contado que antes de esto trabajaba en la mina y que aquello si que era duro. {...A veces levanto la vista por encima de la trinchera y puedo sentir que al enemigo le ocurre lo mismo. Esta guerra, con todas, es estúpida. No tiene ningún sentido matarnos. A veces hablo con ellos en sueños, nuestros diálogos son muy variados y he visto que coincidimos en demasiados puntos de vista como para tener que matarnos. Ellos y nosotros somos iguales, tanto como hermanos, y han sido las circunstancias las que nos han distribuido a dos lados distintos enfrentados. La casualidad no es motivo para que yo tenga que disparar. Las ideas tampoco. Tengo que tirar este fusil, levantar las manos y salir con una sonrisa en los labios, con la intención de abrazarlos...}

Nos han dicho que ya queda poca guerra y que en dos semanas como mucho nos mandan a casa. Tengo ganas de volver a abrazaros, de ver si han crecido esos manzanos que habéis plantado. No os la vais a creer, pero lo que más añoro es meter las manos en la masa de pan que hace mamá y que ella se enfade -siempre en broma- y me llame la atención. Aquí el pan nunca nos falta. {...Aún hoy sigo cerrando los ojos al disparar. Se que en ello puede ir mi vida, pero ¿acaso vale más la mía que la de él? Apunto lejos del blanco, cierro los ojos y disparo. Así, al menos mi conciencia queda tranquila, sé que no he matado. No pienso mancharme con la sangre de nadie. Preferiría, sin embargo, no tener siquiera que disparar, pero tengo miedo a un consejo de guerra o tal vez a que el capitán me de un tiro en la nuca. Si esta noche muero, me gustaría mirar a los ojos del contrario -de mi asesino- con la pregunta de ¿te das cuenta por qué me has matado?, o aquella otra de ¿para qué te ha servido?...}

En estas seis semanas apenas hemos visto al enemigo, así que no tenéis de qué preocuparos. Hace cuatro días recibí vuestra carta. Apenas me habláis de lo cotidiano, lo que más echo de menos; me habláis de miedo y eso no tiene ningún sentido. Ya os digo que estoy muy bien y que en dos semanas, tres como mucho, habré vuelto a casa. Volveré a sentarme en el banco de madera de la tapia con papá y ahora ya podrá ofrecerme un cigarro. {...Debería ser un poco más valiente y decirles la verdad, pero ¿de qué me sirve su preocupación? Tal vez sea un inconsciente al mentirles. Podría al menos pintarles este paisaje un poco más oscuro, algo más real, pero me siento sin fuerzas. Tampoco tengo fuerzas para levantarme y gritar por la paz. Tal vez no sea el único que piensa así en esta guerra...}

No tengo más tiempo para escribiros, así que me despido.

Vuestro hijo que os quiere.