Balas de fidelidad

Javi Álvarez
Madrid, 20 de marzo de 2004

Cuando cumplí quince años Teo me regaló una bala, me cogió la mano y, mirándome directamente a los ojos, dijo:

- Esa bala lleva mi nombre grabado, si alguna vez te soy infiel, devuélvemela. Ya sabes... cárgala en una pistola, apúntame al corazón y aprieta el gatillo.

No podía ser más feliz, después de hacer el amor por primera vez, el chico elegido me regalaba la promesa de fidelidad eterna sin pestañear. Como dije tenía quince años.

- No sé disparar -respondí malévolamente.

- Mejor -y un imperceptible brillo en sus ojos delató una sonrisa.

No entendí su respuesta, entonces. Hoy la traigo a mi mente y creo que no he avanzado demasiado: entiendo que la inexperiencia no importa cuando la intención es la que manda y que duele menos una bala en el corazón que causa la muerte instantánea que una bala fallada que produce una inmovilidad eterna y una dependencia infinita. No creo que él fuese tan maduro entonces y la impresión que guardo es que esta palabra fue una pose más dentro de su puesta en escena.

Lo de Teo duró aquel invierno y media primavera más, luego los dos nos cansamos sin que nadie pidiera cuentas; una tarde nos descubrimos incompatibles.

- ¿Te devuelvo la bala?

- No hace falta -me respondió mientras me miraba delatándose-, me las trae mi primo. Trabaja en un campo de tiro.

Desde aquellos quince años, la vida fue pasando, abriéndome los ojos en algunas ocasiones y dejando escapar oportunidades al cerrarlos en otras; unas veces por amor, otras por compasión. Hoy, de Teo no me queda más que un dulce recuerdo de inocencia y aquella bala. No sé que habrá sido de él, ni me importa realmente; me basta saber que fue el primer eslabón de este juego que tomé de su atrevimiento juvenil.

Mi siguiente amante fue un guardia civil, un joven de Granada, recién entrado en el cuerpo como decía él. Su pasión me permitió, en un arrebato, arrancarle el mismo regalo y la misma promesa. Sacó su pistola en aquel momento, extrajo el cargador y tomó la primera bala.

- Toma preciosa.

La bala la conservo, del orgasmo ni me acuerdo.

Al de Granada le siguieron muchos más, algunos llegaron a darle importancia a la promesa, pero la mayoría comprendió la broma y al romper dábamos conjuntamente por finalizado el contrato sin necesidad de explicaciones. Entendían que era un juego en el que mi amor les pedía un sacrificio y les obligaba al incómodo trámite de hacer el ridículo ante un armero para comprar una bala. No existía ninguna otra pretensión por mi parte.

Con el tiempo he sabido que algunos, los menos, me fueron infieles; pero lo cierto es que nunca corrió la sangre. Yo, que nada prometía, fui fiel a cada uno de ellos menos a Tomás. Le conocí dos años atrás, una noche cualquiera en algún lugar que no recuerdo. Miento, nos encontramos en una conferencia en el Ateneo de Madrid. Llevaba un traje gris marengo muy moderno con una corbata muy luminosa en tonos oro y azul, lo recuerdo perfectamente. Al salir llovía a cántaros, abrió su paraguas y ante mi angustia se ofreció a acompañarme, al menos hasta un taxi o una boca del metro, me dijo. Acepté con algún titubeo.

- Me llamo Tomás.

- Yo soy Teresa. Muchas gracias, le agradezco que me acompañe hasta Sol. ¡No sé de otra forma cómo hubiera llegado de empapada a casa!

Seguí hablando sin parar hasta que nos detuvimos en Lhardy a tomar un caldo para entrar en calor y allí comenzó todo. No hubo diferencia inicialmente: los mismos juegos, las mismas promesas; repetir la historia habitual con otra cara, como siempre. Me equivoqué completamente, con el paso de los días me fui dando cuenta de que esta aventura era distinta. Me acosté una noche sintiéndome celosa por primera vez, una ausencia cualquiera sin justificar me hizo llorar. Comencé a vigilar sus miradas, gestos, palabras, insinuaciones, risas... Llegué a temblar cada vez que una mujer se le acercaba, a pesar de su comportamiento intachable que no justificaba en absoluto mis estúpidos celos.

La espiral se fue cerrando, mi dependencia se hizo absoluta. No podía consentirlo, así que hace tres meses, en una convención relativa a mi trabajo y fuera de la ciudad busqué un anuncio. Acudió un hombre muy guapo que no me hizo preguntas, realizó su trabajo, cobró y se marchó.

- No te mandaré flores -le dije por despedida cuando él ya no podía oírme-.

Al siguiente día opté por la aventura. Quería sentirme totalmente libre. A la hora entablaba conversación con un pequeño grupo de universitarios. Desde mis treinta y dos años, su juventud me sabía a poco. Necesitaba buscar el riesgo, el caminar sobre el filo de la navaja: unas rayas, algunas botellas, hombres más adultos que se fueron acercando... poco más puedo recordar. La noche se me borró mucho antes de llegar el amanecer.

Desperté en una habitación de un hotel que no era el mío, acompañada por rostros que no recordaba y que seguían durmiendo. Me vestí en silencio con la ropa que pude encontrar y me marché sin hacer ruido. Tal vez las medias y el sujetador los había perdido antes de llegar hasta allí.

Aquella mañana también llovía, así que bajé el bordillo rápidamente, me adentré dos pasos en la calzada y levanté la mano para pedir un taxi que circulaba lentamente en dirección contraria. No pude ver la furgoneta roja que venía directamente hacia mí, una furgoneta a la que la lluvia no permitió frenar antes de arrollarme violentamente.

Hoy me han dado el alta en la clínica y viajo en el coche de mi hermano de vuelta a Madrid. En el maletero va encerrada mi silla de ruedas a la que voy a estar atada el resto de mi vida. Mi hermano enciende la radio para no tener que hablar y de esta forma me permite cerrar los ojos y pensar. A Tomás, que no me había hecho preguntas, le he dicho hace días que no quiero volver a verle nunca más, que al mirarle ya no puedo distinguir si me quiere o es compasión lo que veo en sus ojos. Insistió los primeros días, pero mi terquedad y lo obvio de mi condena no le han dejado alternativa.

Mientras imagino que el paisaje va quedando atrás sonrío irónicamente y me pregunto si Teo seguirá regalando sus balas de fidelidad.