El autor

Mi nombre es Javier Álvarez Castellanos. Nací en un pueblo llamado Carrizo de la Ribera, que queda en la provincia de León (España), a la orilla del río Órbigo. Esto que cuento ocurrió un 23 de abril de 1968. Mi primera marca: soy un hombre de ribera más que de mar o de montaña; de escuchar el río desde la orilla, lanzando piedras de vez en cuando.

Mi segunda marca: recibí una educación católica de colegio de curas -o de hermanos maristas, que viene a ser lo mismo- hasta que pude evitarlo. Pensé que había pasado por ella sin pagar factura. Pequé de ingenuidad. Ahora soy agnóstico.

En la frente tengo otra señal, pero esta es física: creía que sabía volar y salté desde el mármol de la cocina. Pronto aprendí que los sueños, sueños son.

Pensé que las máquinas eran un reto y la informática la perfección: decir exactamente cómo quiero que se hagan las cosas. Completé los estudios superiores de informática en la Universidad Politécnica de Madrid. De esta época universitaria recuerdo cada una de las ruedas de molino que fui moviendo.

No todo fue sacrificio y dolor, colaboré en diversas actividades de diferentes asociaciones; la más grata: mi participación en la fundación y dirección de la revista «Coleópteros y otros virus».

Aprendí muchas cosas, a tener razón casi tantas veces como a equivocarme, a pelear sin sacar las manos de los bolsillos. Encontré buenos amigos y la parte de mí que me faltaba. Me gané una profesión, unas veces divertida, las más aburrida, pero que sobre todo me permitió ganarme la vida muchos años.

No he perdido el Norte, siempre intentando ser un hombre coherente, que acepta de dónde viene; un obrero que cree que lo honesto es ser de izquierdas, mirando con esperanza los procesos socialistas de América Latina, soñando con la tercera república para este país que establezca una igualdad de facto.

No se le presenta fácil al género humano subsistir con dignidad dentro de este entramado capitalista forjado en el siglo XX y que continúa oprimiéndolo en el XXI; así que toca pelear por los ideales, enseñando los dientes y la rabia. Luchar en la calle y también desde la palabra.

Escribí relatos, historias que quería contar. Empecé en el instituto y a veces, por el tiempo y la pereza, lo he ido dejando. Pero hay algo que me hace volver a sentarme frente a un teclado e intentar seguir contando lo que no ha dejado de preocuparme.

Y en esto de la literatura, poca cosa. Todos los reconocimientos -los tres que figuran a continuación- fueron en la Facultad de Informática. Me mencionaron como mejor guión del primer premio del concurso de guiones convocado por la Asociación Socio Cultural en 1992 -no podía ganar, me presenté fuera de concurso-. Me dieron el primer Premio Voces de Primavera en la modalidad de Poesía en 1995. Finalmente, también me galardonaron con el primer Premio Voces de Primavera en la modalidad de Cuento en 1997.

Después, empezaron los talleres literarios de escritura creativa. Allá por el 2003, en La Casa Encendida, recibí el primero. Lo impartía una gran escritora: Belén Gopegui. En el 2005 volví al mismo escenario, esta vez para aprender del maestro Luis Landero. En el 2007 me cambié al Hotel Kafka, por ver si me aprovechaba el ambiente de la La metamorfosis y volví a ser alumno por partida doble, la primera con Vanessa Herrero y la segunda con Mateo de Paz.

Empecé a escribir críticas culturales, primero en el blog, y después en otros medios. Colaboro en la La República Cultural y también he publicado reseñas y entrevistas en Rebelión.org, Mundo Obrero, Crónica Popular, Toma la tele y Mundo Pop.

En 2009, en el Círculo de Bellas Artes hice un curso de guiones llamado Palabras que crean imágenes que impartió la directora y guionista Inés París.

Me aficioné a escribir guiones y, como no tenía quien los dirigiera, me toco hacerlo a mí. Surgió Vier Castellanos como alter ego cinematográfico y una productora con unos amigos a la que llamamos Parte y Amalgama. Así nacieron los cortos Vida Parada y Despidiendo que es gerundio.